AMLO, el desenmascarador
Por Alejandro Vázquez del MercadoKarl Manheim, uno de los padres de la sociología del conocimiento que hoy domina buena parte de los estudios sociales y culturales, en alguna ocasión describió su proyecto como “desenmascaramiento”.
Desenmascarar una idea no es lo mismo que refutarla. Mientras que la refutación consiste en una actividad teórica, el desenmascaramiento es una función extra-teórica. El filósofo canadiense Ian Hacking, cuyo tema de estudio es la ciencia desde un punto de vista de las relaciones sociales que la conforman, describe así la idea de Manheim: “No desenmascaramos una idea para ‘desintegrarla’, sino más bien para quitarle su falso apelo a la autoridad.”
Esto, aplicado a los estudios sociales acerca de la ciencia, tiene una aplicación muy concreta. Supongamos que un investigador realiza un trabajo acerca de la conducta de las mujeres y las hormonas, y que en la metodología de éste se dejen ver los intereses de quienes lo realizan por llegar a conclusiones sexistas (conclusiones como, por ejemplo, que las mujeres no son capaces de pensar racionalmente debido a sus ciclos hormonales). Siguiendo la idea de Manheim, un filósofo o sociólogo que quisiera tener un acercamiento crítico a esta investigación no tendría que –o no podría– debatir al nivel de los resultados del estudio, ni cuestionar la evidencia o refutar con datos empíricos; sino que tendría que exponer los intereses extra-teóricos en el trabajo de los científicos en cuestión y cómo se manifiestan en su metodología.
Independientemente de lo que pensemos de este tipo de acercamientos, me parece que la idea del desenmascaramiento funciona bien para explicar la participación de López Obrador en el primer debate presidencial. ¿Por qué no explicó cuál es el problema con las coinversiones privadas en energéticos que propone su adversario principal? ¿Por qué no defendió sus conocidas propuestas de inspiración neokeynesiana de propiciar el crecimiento con gasto público? La tentación para muchos espectadores podría ser pensar que la campaña de López Obrador es entonces vacía en lo referente a políticas públicas. Sin embargo, basta recordar que desde las elecciones de 2006, y en otras ocasiones a partir de entonces, López Obrador ha utilizado espacios televisivos y del internet para que Rogelio de la O, uno de sus asesores económicos principales, explique los detalles de su plataforma.
La renuencia del candidato del Movimiento Progresista a debatir punto por punto con Enrique Peña Nieto se debe entonces a otra causa. AMLO no llegó para debatir, sino para desenmascarar. La primera dificultad fue romper con el modo en el que estaba estructurado el debate. El formato dinámico pero fragmentado no favorecía ni a sus propósitos, ni a su manera personal de expresarse, pausada y con ánimos de explayarse, mientras que resultó idóneo para Quadri —ágil y ávido de presentar sus ideas como si fueran novedosas— y relativamente bueno para Peña, quien a pesar de no ser un gran orador domina a la perfección el argot tecnocrático de la política (si bien aún no queda claro hasta qué punto lo entiende).
La estrategia de AMLO, planeada o espontánea, fue imponer su propia forma dentro de la estructura rígida del debate. En vez de cambiar de tema vertiginosamente al ritmo de los papelitos que tanto recordaban a los viejos programas de concursos (como acertadamente notó el profesor de la UAM-C Bernardo Bolaños), el candidato de izquierda retomó la misma narrativa una y otra vez:
a) Existe un conjunto de grupos oligárquicos que controlan al país.
b) Enrique Peña Nieto es una creación de dichos grupos oligárquicos.
c) Enrique Peña Nieto trabaja al servicio de los mismos.
La primera de estas tesis es el tema permanente de López Obrador, al menos desde sus tiempos como dirigente del PRD. Su objetivo, respecto de Enrique Peña Nieto, era establecerlas de manera contundente a través de su relación personal (y familiar) y de protección mutua con Arturo Montiel, así como la cercanía con otras figuras oscuras dentro del PRI, los gastos de comunicación de su gobierno y campaña (para motivar la idea de una alianza con las televisoras), y el espíritu privatizador presente en sus propuestas (que mostraría que ve por los intereses privados de las compañías que habrían de beneficiarse).
¿Tuvo éxito López Obrador? Me parece que no. Si bien logró exponer claramente los aspectos más generales de su posición, y también pudo aterrizar los esfuerzos de estos meses pasados para establecerse como el candidato de la honestidad y de la “regeneración”, queda la sensación de que su participación fue insuficiente. No tendría que haber sembrado una semilla de duda sobre los orígenes y las intenciones de Peña, sino que tenía que haberlo probado de manera categórica y contundente. Estando 20 puntos porcentuales abajo no tenía que realizar un buen debate, sino uno excelente. ¿De qué maneras Peña Nieto le ha cuidado la espalda a Montiel, tras su escándalo de enriquecimiento ilícito? ¿Cuál es el interés concreto de Televisa en “imponerlo”? (Hay todo un tema legal con respecto a esto). ¿Cuáles son los intereses particulares que defendió su administración en el Estado de México? Todas estas preguntas tenían respuestas plausibles que no son ajenas a López Obrador, sin embargo le apostó en buena medida a mostrar fotos de su contrincante con figuras controvertidas, y en exponer digresiones que no lo ayudaron mucho. (Quizá por primera vez la afición de López Obrador por hacer analogías con la historia de México pareció estorbarle para expresar sus ideas mucho más de lo que lo ayudó).
En un país en el que “lo que no fue en tu año no te hace daño”, y donde ya no tenemos a Germán Dehesa para preguntarle una y otra vez a Arturo Montiel “¿Qué tal durmió?”, el primer debate presidencial no dejó claro para muchos espectadores que Enrique Peña Nieto sea un político corrupto, o quizá habría que decir: más corrupto de lo que la mayoría de los mexicanos consideran aceptable. El error de López Obrador consiste en pensar que la mayoría de los electores entrarán en razón en cuanto sepan quién es Peña Nieto, siendo que una buena parte de ellos lo sabe y están dispuestos a votar por él a pesar de eso. Aquí habría que preguntarse más bien qué es lo que buscan dichos votantes. ¿De verdad todos los seguidores de Peña sólo son zombis devoradores de revistas sociales y telenovelas o hay algo más que les atrae? Tanto el PAN como el PRD harían bien en plantearse estas preguntas.
Quizá para el siguiente debate López Obrador debería cambiar su estrategia extra-teórica de desenmascarar al candidato del PRI por una teórica. Dejar de concentrarse en lo que los filósofos llamarían las propiedades extrínsecas de su carrera política (como sus relaciones con otras figuras de poder) y concentrarse en sus propiedades intrínsecas: las características de sus ideas y su personalidad que pudieran resultar altamente perjudiciales para México en caso de que llegara a la presidencia: su personalidad autoritaria. El interés por avanzar una ley de mayorías que terminaría con el sistema de equilibrios y contrapesos legislativos que, como recordó hace poco José Woldenberg, costó décadas obtener. La propuesta de unificar y colocar a las policías bajo la Secretaría de Gobernación. La escalofriante admiración por Álvaro Obregón patente en su tesis de licenciatura. Su falta de interés por resolver problemas sociales como la pobreza extrema y los feminicidios en el Estado que gobernó. La inmediata disposición a ejercer represiones violentas en contra civiles, que resultó en la muerte de dos jóvenes en Atenco. El nepotismo que caracterizó su gestión. Su misoginia. El desprecio por toda forma de crítica y por los mecanismos de control y transparencia propios de una democracia moderna. Estas líneas de crítica han sido constantes entre los comentadores y analistas políticos, pero los dos adversarios del PRI apenas y las tocaron.
Ya quedó claro, al derecho y al revés, que Peña convive con Salinas, pero nadie se detuvo a decirnos qué tienen en común ambos personajes como para llevarse tan bien. Queda por ver si en el segundo debate López Obrador podrá mostrar algo más que una imagen, que por esta vez no valió las mil palabras.








