Bullying: dos visiones
Por Lilián López CamberosHay dos razones por las que me fue solicitado escribir este texto: una, porque fui “víctima” de bullying (la explicación de las comillas, más adelante) y dos, porque un miembro de mi familia sufre actualmente este tipo de intimidación. Lo segundo es algo que no me atrevería a contar en un espacio público, porque no me pertenece y en todo caso no me es dado examinarlo.
Al principio, por considerarlo un tema delicado, rehusé la invitación. Pero luego pensé en su importancia, que va más allá de la reciente concientización al respecto (incluidas las acciones gubernamentales que aparecen de manera paralela). Sobre todo, creo necesario poner un pie fuera del marco general de discurso (el bullying es un problema nacional, levantemos consciencia, protejamos a nuestros niños) y otorgar en cambio dos visiones periféricas sobre el tema. Explicar su daño, compadecernos de las víctimas, repudiar la violencia sólo porque la violencia es repudiable (silogismo que en las ciencias sociales carece de significado) requiere el mínimo sentido común: comprender la iniquidad del fenómeno no es difícil.
Ejemplo: esta pregunta de una encuesta aplicada por la Fundación en movimiento (que, aunque omite su marco muestral, permite inferir que los entrevistados fueron niños habitantes del DF):
El ínfimo 2%, ese pequeño porcentaje que intuye que es intimidado porque se lo merece, constituye uno de los datos más desgarradores respecto al bullying. Esta forma de abuso no es nueva, como parece sugerir su súbita entrada a la agenda nacional, sino un fenómeno histórico. El bullying es más que intimidación en un contexto escolar. La palabra, sin etimología evidente sino más bien un término cuyo significado se fue maleando progresivamente, tiene como primera definición acosar a los débiles. Mirémoslo como deseamos: violencia contra los infantes, violencia contra el débil, violencia contra el oprimido. La usanza no tiene nada de nueva ni sorprendente, al contrario, es una de las características primordiales de la conducta humana. E incluso con su nueva acepción enteramente colegial (es decir, transitoria, que ya pasará), el pobre nerd asediado por los grandulones de su escuela es apenas una edulcorada versión del Oliver Twist de antaño: el niño trabajador, el niño famélico, el niño abusado y explotado sexualmente. El niño que es expuesto a las atrocidades del mundo sin cortapisas ni filtros, porque nada en él (sin opiniones, sin fuerza física, sin utilidad visible más allá de una poco resistente fuerza de trabajo) sugiere importancia o humanidad.
El bullying no se trata sólo de la víctima
De los tres tipos principales de bullying que existen (violencia verbal, ostracismo y agresión física), en mi infancia y pubertad recibí todos: aislamiento (en una primaria con un promedio de siete alumnos por salón, las tres niñas restantes decidían marginarme abiertamente, situación que generaba constantes juntas de padres de familia y de maestros que difícilmente mitigaban dichas conductas), agresión física y verbal (en la secundaria, a raíz de mi ofidiofobia, fui atosigada con serpientes de plástico o madera, bichos en frascos mientras estaba en la cabina del baño y constante abuso verbal).
Ahora, quiero hacer una aclaración que se antojará magnánima: no es mi intención pasar por víctima, pues es un hecho que, en algunos casos como el mío, las secuelas psicológicas producidas por el bullying son superables. Lo que me alarma en estos casos, más allá de preguntarme por qué resulté el target, son las motivaciones de los bullies.
Una frase que circula por internet dice: society teaches ‘don’t get raped’ rather than ‘don’t rape’[1]. Creo que el mismo principio aplica para el bullying. El discurso que la masa social consciente está tomando se enfoca exclusivamente en los daños provocados a la víctima, antes que en la identificación de los orígenes de los actos violentos de los “intimidadores”.
En el capítulo “Sobre la dificultad de amar al prójimo”, de Amor líquido (acerca de la fragilidad de los vínculos humanos)[2], el sociólogo polaco Zygmunt Bauman sostiene que el mundo “tal cual es” ofrece poca posibilidad de redención, pues está construido por “gente ya despojada de su humanidad y desacostumbrada a respetar la dignidad humana”. Su tesis: no podemos dar por hecho que la moralidad es moneda corriente en esta sociedad, “no existen atajos que conduzcan a un mundo hecho a la medida de la dignidad humana”.
Lo único que nos queda: educar a los niños, “(protegerlos) de los efluvios venenosos de un mundo manchado y corrompido por la humillación y la indignidad humanas, vedándoles el acceso a la ley de la jungla que empieza del otro lado del umbral de la puerta del refugio”.
El problema es que vivimos en sociedades cuyos padres solucionan el bullying hacia sus hijos con frases que son lugares comunes: pégale si te pega, no te dejes. Una sociedad que desconfía antes de otorgar. Vivimos en esas junglas a las que Bauman alude: la jungla de asfalto conjura la idea de la ciudad como un territorio hostil, plagado de depredadores, en el que se sobrevive mediante la regla más primitiva: la del más fuerte. Así, observamos con impotencia el daño que genera el bullying, lamentándonos por los irreparables daños (y pueden serlo) a una generación entera y pretendiendo luego que este renovado awareness es la actitud correcta y que, además, es suficiente.
El Consejo Ciudadano de Seguridad y Procuración de Justicia del DF lanzó la plataforma “¡Hasta aquí! Acciones positivas contra el bullying”, un sitio web con información que otorga ayuda a víctimas del bullying y padres de víctimas (una línea abierta al público, por ejemplo). De nuevo, acciones por encimita para tapar el desolladero social.
¿Pero están marcando una diferencia? Un estudio elaborado en Long Island, referido en un artículo del NY Times, indica que, si acaso, los programas anti-bullying han tenido más impacto en la percepción general del bullied que en cambiar las conductas del bully. En pocas palabras: sabemos más sobre el problema, pero todavía nada sobre cómo resolverlo.
Todos somos un bully
No pensemos que somos una sociedad que sufre de bullying. Pensemos que somos una sociedad que genera bullying. Un fenómeno de este tipo no puede combatirse con un enfoque conmiserativo, proteccionista (puede ser que, en México, la cercanía del dinosaurio nos vuelva de nueva cuenta, casi de manera inconsciente, paternalistas y dependientes como gobierno y sociedad).
Lo segundo que casi no se dice del bullying es que aquellos que lo ejercen no son la otredad, no son los villanos auténticos de los que nosotros, las víctimas y los condenadores, estamos separados por un halo de rectitud. Más allá de otorgar (otra cosa que requiere sentido común) que los bullies provienen de familias de estructuras rotas, patrones de violencia aprendidos y estrés social, detengámonos medio segundo para repasar nuestro historial escolar.
Ejemplos de bullying: niña uno le dice a niña dos que huele mal, la acusa de no bañarse nunca. Adolescente uno le dice a adolescente dos, repetitivamente, que es puto. Clase entera se burla siempre de la participación del matado del salón. Grupo de amigos hacen constante alharaca verbal cuando un compañero se lastima, se cae o tropieza. Niño esconde lunch de niña. Grupo de niñas acusan a niña de ser pobre.
Los ejemplos se multiplican, llegan a la violencia física, destruyen espíritus enteros, causan suicidios. 190 en el DF en 2010, según El Universal. Nos alarmamos y denunciamos, indignados y sobre todo sorprendidos por la crueldad de los más jóvenes.
En el estudio de Anderson Cooper 360° son tajantes: en muchos casos, los roles no son definidos, sino que aparecen indistintamente en un mismo individuo. Los que sufren de bullying en un ambiente lo ejercen en otro; padecen una conducta desde un frente que luego, cuando la oportunidad se presenta, infligen en uno distinto. La ley de la jungla, que tampoco menciona esto: la venganza no necesariamente se aplica contra el verdugo.
Cuando crecí y dejé de convertirme en el blanco fácil, tomé el otro camino: ejercer el acoso hacia el débil, hacia el otro. Una vez que dejé de lucir como la matada, me la tomé contra los matados, aprovechándome de una renovada percepción ajena que me daba, al fin, el poder de saberme del lado de los opresores, un lado siempre más atractivo que el de los oprimidos.
Un dato que no necesariamente busca apuntar a un patrón: las dos escuelas donde sufrí bullying eran colegios de paga; las tres escuelas donde me convertí en bully, públicas. Si deseáramos ser simplistas, concluiríamos rápidamente que mi situación en desventaja dentro de un plantel se convirtió en ventaja en el otro.
Probablemente, aceptar que somos víctimas y opresores no sirva de mucho. Tampoco que el paso a la adultez no suprime ni de lejos la conducta, pues aún ejercemos intimidación en otras esferas de la vida, como el trabajo –que también ya tiene su término, mobbing–, la pareja y, lo que me preocupa, en nuestros hijos (si los tenemos, si planeamos tenerlos). Llevamos hasta ellos la ley de la jungla en su expresión más cruda, prefiriendo en secreto que en el futuro se conviertan en bullies y no en los bullied.
La negación de la dignidad humana desacredita el valor de cualquier causa que necesite de esa negación para confirmarse
El bullying preocupa, pero no porque sea un fenómeno de reciente aparición, sino porque por primera vez designa un término para eso que antes se aglutinaba en la impasibilidad de las cosas, en el orden humano de faltas y virtudes. En Bullying en México[3], Paloma Cobo y Romeo Tello recomiendan afrontar el bullying del hijo (tanto si es víctima como si es agresor) asumiendo claramente el fenómeno: “(No) se le deben dar explicaciones supuestamente sabias del tipo ‘sufrir también es un aprendizaje’, ‘es normal que se lleven así los niños y los jóvenes’ o bien, ‘todos hemos pasado por eso’”. Los psicólogos agregan: estas conductas pisotean la autoestima del afectado, haciéndolo creer que sus problemas no son importantes o deben tolerarse en silencio. Olvidan, sin embargo, algo más: al asumir la normalidad del bullying, se le promueve. O más bien dicho: al no identificar como bullying conductas que creemos normales, permitimos su propagación indefinidamente.
Mi punto: como sociedad, se ha vuelto innecesario identificar a las víctimas, que si no son objeto de intimidación de unos lo serán de otros en el futuro. Más bien, deberíamos poner los ojos en los victimarios, los que han sido juzgados y puestos en la palestra como si de animales salvajes se tratara. Nuestra labor es intentar responder por qué usan la violencia, de quiénes lo aprendieron y cómo podemos detenerlos.
A través de una dinámica de incriminación hacia el producto de una sociedad que ya está rota de entrada (el “agresor”), ejercemos otro tipo de bullying, uno más desventajoso, por cierto. Bauman nos diría, con el infinito amor que tiene por los niños: “La negación de la dignidad humana desacredita el valor de cualquier causa que necesite de esa negación para confirmarse”. En resumen: debemos rehusarnos a vivir en una sociedad que enseña “protégete del bullying” en lugar de “no te conviertas en un bully”.
Cuando te intimidan, ¿por qué crees que lo hacen?
- 46% Nadie me ha intimidado
- 24% No lo sé
- 4% Porque los provoqué
- 6% Porque soy diferente a ellos
- 4% Porque soy más débil
- 10% Por molestarme
- 4% Por jugarme una broma
- 2% Porque me lo merezco
[1] La frase está inspirada en la tesis central de un artículo escrito por Hilary Beaumont, periodista canadiense. Como lema, fue utilizada en muchos carteles durante la SlutWalk de Toronto, que tuvo su réplica en México (la “marcha de las putas”).
[2] Amor líquido (acerca de la fragilidad de los vínculos humanos), Bauman, Zygmunt. Fondo de Cultura Económica. Argentina, 2009.
[3] Bullying en México (Conducta violenta en niños y adolescentes), Cobo, Paloma y Tello, Romeo. Ed. Quarzo. México, 2008.









