Feminismos, en plural

No querer traer sin caos
portátiles vocablos
Alejandra Pizarnik

 

Pareciera una cosa del contexto sociohistórico: hoy todo se dice en plural. No hablamos ya de La Mujer sino de las mujeres, los ciudadanos, los varones. Después de un largo camino y de experiencias dolorosas en la historia de nuestra “civilización” (ahora también es obligado cuestionar este término), parece que por fin hemos aprendido a reconocer y hasta celebrar las diferencias, y a traducirlas en el campo semántico como un plural(ismo) permanente. Por eso hoy también hablamos de feminismos.

Explicar las diferencias entre ellos resulta una tarea complicada e imposible de plasmar en un artículo de 2000 palabras. Más bien pretendo dar algunas guías, puntos básicos para entender ciertas posturas (tampoco pretendo abarcarlas todas)  que en la actualidad se discuten en los estudios feministas. Debo aclarar, también, que mi perspectiva sobre ellas es la de alguien que pretende ‘hacer investigación’ y que a menudo se lamenta de pasar bastantes más horas leyendo en su escritorio que marchando en la calle.

Antes de empezar creo que es necesario hacer una precisión conceptual importante: ¿de qué hablamos cuando decimos ‘feminismo’? Espero no parezca muy ingenua la aclaración, pero con mucha más frecuencia de lo que me gustaría me topo con nociones de sentido común sobre el término: que si es el opuesto a ‘machismo’ y entonces ahora las mujeres queremos dominar a los hombres, que si las feministas odiamos a los varones y por eso somos todas lesbianas, que si una feminista es la bruja de los nuevos tiempos: la que no se depila, no se casa y vive con gatos, o bien la que sí se depila, tiene un cuerpazo y usa a los hombres. Bueno pues, nada de eso. El feminismo se trata, sobre todo, de un movimiento político. En palabras de Eli Bartra y Adriana Valadés:

El feminismo es la lucha consciente y organizada de las mujeres contra el sistema opresor y explotador que vivimos: subvierte todas las esferas posibles, pública y privadas, de ese sistema que no solamente es clasista, sino también sexista, racista, que explota y oprime de múltiples maneras a todos los  grupos fuera de las esferas de poder (1985: 129)

Como verán, la definición no es nada tranquilizadora, pero al menos es muchísimo más interesante que el arjonesco ‘nosotros con el machismo, ustedes al feminismo’.

El feminismo de la igualdad: porque las mujeres también podemos pensar

Nuestra moderna civilización occidental ha basado buena parte del desarrollo de su pensamiento en un modelo dicotómico: se opone la luz a la oscuridad, lo duro a lo blando, la cultura a la naturaleza, lo objetivo a lo subjetivo, entre muchos otros pares de características exhaustivas y excluyentes.

A las feministas esto nos importa porque estos conceptos se han jerarquizado  (lo duro vale más que lo blando) y sexualizado: los hombres son duros, las mujeres somos blandas.

La dicotomía más importante es la que opone la mente al cuerpo. La Razón, esa musa en la que se basó el pensamiento político de la modernidad, corresponde a los hombres. A las mujeres, por el contrario, nos corresponde encarnar a la naturaleza, que se ha conceptualizado como algo salvaje, incontrolable, que debe ser entendido por el hombre pero sólo en un intento por dominarla[1].

En este pensamiento las mujeres no podemos escapar a nuestra materialidad, a un cuerpo interpretado de forma bastante misógina: nosotras parimos, menstruamos, producimos leche. Y esto para el pensamiento occidental es no sólo desagradable, sino algo que interfiere de manera directa con nuestra capacidad de pensar: las mujeres no podemos pensar porque estamos sujetas a nuestra biología. Así por ejemplo, para Platón las mujeres tenemos un alma concupiscible (la más baja en su jerarquía de alma racional, alma irascible y alma concupiscible) porque tenemos útero, y el útero era para este filósofo una “criatura independiente poseída por el deseo de hacer niños, un demonio adentro de otro demonio” (citado por Diana Maffia, 2005).[2]

Para el pensamiento ilustrado, un “sujeto” es aquel que tiene capacidad de razón y autonomía (Estela Serret, 2002). Pero las mujeres somos pura biología, así que no podemos ser sujetas. Y con base en estos argumentos fuimos excluidas de la política, de las universidades y de otros campos de la vida social: la “Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano” era literal: una declaración de los derechos de los hombres, de los varones.

El movimiento feminista de la igualdad lucha entonces por el reconocimiento de que somos iguales en términos de nuestra facultad de razonamiento. No idénticos, por supuesto (nosotras tenemos vagina, pechos y sangramos cada mes), pero iguales en nuestra individualidad, nuestras capacidades y deberíamos serlo también en términos de nuestros derechos.

El derecho al voto, por ejemplo, fue una de las principales demandas del movimiento de mujeres adscrito a esta corriente. Aunque parezca algo muy lejano, debemos recordar que en América Latina la posibilidad de las mujeres de votar y ser votadas fue reconocida apenas en el siglo pasado [3].

Aunque poco a poco se ha avanzado en algunos aspectos, todavía el día de hoy nuestra participación política en puestos de poder y representación sigue siendo considerablemente menor a la de los varones (ver infografía presentada en este número), nuestros salarios más bajos, nuestra presencia en puestos de decisión académica bastante más endeble (rectoras, investigadoras del nivel más alto reconocido por los institutos de investigación), etc.

Por eso, en una región plagada de desigualdades como América Latina, la consigna de esta postura sigue siendo válida: queremos ser iguales, queremos tener las mismas posibilidades de participación, decisión y elección. No queremos ser ‘mujeres liberadas’ sino seres humanas libres.

El feminismo de la diferencia: porque otras cosas también importan

Esta postura disiente con el feminismo de la igualdad y de alguna manera trata de reivindicar las características ‘femeninas’ de los pares dicotómicos. Si el par es, por ejemplo, razón–emoción, las feministas de la diferencia no dirán que las mujeres también somos capaces de ser racionales. Dirán, en cambio, que la emoción es infinitamente superior a la razón masculina; que nosotras, en nuestra calidad de mujeres, podemos de hecho sentir de forma distinta y que si nos dejaran expresar nuestro genuino punto de vista, éste sería sin duda un mundo mejor.

Esta corriente es muy crítica de los ideales ilustrados y de la política de la modernidad. Con ejemplos concretos e históricos como los campos de concentración, las innumerables guerras y genocidios, etcétera, condenan una forma de pensamiento basada en un ideal de razón que nos ha llevado hasta donde estamos.

Al igual que muchos otros grupos excluidos de los núcleos de poder, las feministas de la diferencia proponen otra forma de ser y entender el mundo. Se plantea, por ejemplo, que dada nuestra capacidad de ser madres tenemos un mayor entendimiento de la naturaleza (la Tierra es nuestra Madre, luego es mujer como nosotras) y por eso, en un modelo alternativo de política nos relacionaríamos con el planeta no en términos de dominación (que es un ideal androcéntrico), sino en términos de comunicación y comprensión.

En este sentido, la demanda de este movimiento es resignificar, revalorar y reapropiarnos de categorías “femeninas” que han sido históricamente negadas, invisibilizadas y denostadas por un poder androcéntrico y opresor.

Por supuesto, dentro del feminismo de la diferencia también hay algunas divergencias importantes. Los polos de esta postura oscilan entre el llamado “feminismo cultural” que plantea que en efecto las mujeres tenemos una esencia femenina que hay que cultivar y resituar en el mundo, hasta el feminismo psicoanalítico de la diferencia, que retomando algunas ideas lacanianas sugiere que el camino para descubrir quiénes somos las mujeres consiste en inventar un lenguaje nuevo, que trate de decir nuestro cuerpo y nos ayude a descubrirnos y expresarnos en una voz propia.

En América Latina este pensamiento ha estado ligado sobre todo a movimientos ecologistas vinculados con la Teología de la Liberación. En una región como la nuestra, en la que las mujeres históricamente hemos aprendido a ser madres, campesinas y trabajadoras de la tierra, es frecuente que nos reconozcamos como tales, que expresemos nuestro hartazgo con los modelos tradicionales de política que han dado resultados tan indignantes como pobreza, exclusión, muerte, etc., y que nuestro cuerpo o aprendizaje femenino se nos aparezca como una herramienta en este intento por construir un mundo distinto.

¿Feminismo institucional? Porque no podemos dejar de ser críticas

Hasta aquí he presentado dos de las principales posturas, que de ninguna manera son las únicas existentes. El feminismo postestructural, el poscolonial, el cyberfeminismo y otros también han tenido cierto eco académico y político en nuestra región.

Sin embargo, por razones del espacio debo dejarlos fuera para concentrarme en un último punto relevante para América Latina: el feminismo institucional. Y es que en nuestra región poco a poco se ha ido cediendo un espacio dentro de los gobiernos y otras instancias internacionales a la “perspectiva de género”. Así, por ejemplo, en 1975 la Organización de las Naciones Unidas decretó el inicio de la Década de las Mujeres, mostrando con ello la preocupación de las instituciones por la equidad de género. Hoy en día sigue habiendo temas y agendas referentes a las mujeres en los objetivos internacionales, y no hay ningún país en América Latina que no tenga una instancia encargada de promover el desarrollo de las mujeres por medio de políticas públicas y planes gubernamentales.

Por supuesto que a todas las mujeres nos beneficia que haya políticas enfocadas a revertir ciertas desigualdades. Sin embargo, un número importante de mujeres nos preguntamos si podemos reconocer en ello un avance feminista, o si se trata únicamente de una asimilación del régimen de nuestras otrora demandas disruptivas.

Se habla entonces de ‘perspectiva de género’ y no de feminismo, porque este último término sigue siendo contencioso, y porque los gobiernos entienden más fácilmente la idea del género como un “algo” amorfo e indefinido que involucre a mujeres: si nuestras estadísticas del censo están desglosadas por sexo entonces tienen ‘perspectiva de género’, sin importar que la redacción de las preguntas siga siendo androcéntrica y discriminadora.

Esta institucionalización, a su vez, ha creado la figura de ‘expertas del género’: mujeres que pueden o no reconocerse como feministas, pero se promueven como consultoras y reciben financiamientos millonarios de los organismos internacionales.

Las expertas del género, por su parte, se defienden de las encarnizadas acusaciones de las feministas argumentando que la institucionalización es un ‘feminismo de lo posible’, mientras que el resto orgullosamente reafirmamos que sí, que nosotras seguimos siendo feministas utópicas y autónomas.

Más allá de los enfrentamientos entre posturas y perspectivas, lo que verdaderamente importa, supongo, es conservar una característica esencial del pensamiento feminista: su capacidad para autoexaminarse continuamente (y en caso necesario replantearse). Lo que me lleva al último punto:

Pequeño manifiesto de una feminista confundida

Navegar entre tantas posturas resulta a veces un poco confuso y contradictorio. Todas ellas tienen algo valioso que ofrecer y también algunos puntos que no pueden ser pasados por alto en la crítica y reflexión. Sin embargo, ¿cómo pensarnos como feministas en este siglo y este espacio?

Creo que una de las pocas cosas en las que todos los feminismos coinciden es que se trata siempre de una teoría crítica. Una teoría que trata de pensar desde los márgenes, de buscar alternativas, de transformar una realidad social que nos enoja e indigna.

Recuerdo el emocionante momento en el que Marcela Lagarde (la famosa antropóloga mexicana) y Diana Maffia (la también famosa filósofa argentina) compartieron con nosotras, un grupo de estudiantes de la UNAM, su experiencia feminista. Ellas tienen claro sus orígenes, no podían dejar de hablar de su feminismo sin referirse a las efervescentes décadas de los sesenta y setenta en América Latina: entonces el feminismo era disruptivo, entonces leíamos a Marx y usábamos minifaldas, entonces participábamos en los movimientos estudiantiles… Por supuesto, tener claro un origen no determina de entrada un fin, pero ayuda mucho, supongo.

A mí como feminista de otra generación no me queda suficientemente claro ni el principio ni el final. En un contexto de capitalismo liberal y democrático, a menudo escucho consignas y argumentos que no me convencen del todo: ¿pero qué quieren las feministas si ya pueden ser presidentas, si ya existen importantes directoras ejecutivas que aparecen en la revista Entrepreneur, si pueden escoger lo que quieran ser: científicas, amas de casa, prostitutas de altos vuelos? ¿Todavía no quedan conformes? ¿Qué quieren, qué?, nos preguntan con exasperación.

La respuesta, por supuesto, no es sencilla ni unánime. Queremos todo y, al mismo tiempo, queremos otra cosa. No lo existente, no las pobres posibilidades que un sistema de por sí injusto y desigual nos ofrece. Queremos crear posibilidades nuevas: inventar todo el tiempo qué queremos ser, y luego pensar en caminos para ello (y así entonces nos inventamos conceptos como “objetividad dinámica” y “racionalidad subjetiva” que desafían las dicotomías y complejizan el pensamiento, la práctica científica, la realidad social)

Estamos aprendiendo y queremos seguirlo haciendo, pero bajo nuestros propios términos. En palabras de Diana Maffia: “estamos descubriendo que no queremos someternos a la violencia subliminal de la asignación de espacios para expresarnos, estamos liberándonos de la definición externa de identidades y ejerciendo nuestra libertad de ser nosotras mismas en todos los ámbitos” (citada por Francesca Gargallo, 2004). Y en ello queremos mantener la originalidad del feminismo latinoamericano: la capacidad de vincular siempre la contingencia política y económica del subcontinente con nuestras ideas de transformación social.

Bibliografía

Bartra Eli y Adriana Valadés, 1985. La naturaleza femenina. Tercer coloquio nacional de filosofía. Universidad Nacional Autónoma de México. México.

 

Gargallo Francesca, 2004. Ideas feministas latinoamericanas. Universidad de la Ciudad de México, Gobierno del Distrito Federal. México.

 

Maffia Diana, 2005. “El contrato moral” en  Carrió, E. y Maffia, D. Búsquedas de Sentido para una nueva Política. Paidós, Buenos Aires

 

Serret Estela, 2002. Identidad femenina y proyecto ético. Universidad Autónoma Metropolitana, Programa Universitario de Estudios de Género, Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa. México.

 

 


[1] Bacon, por ejemplo, usa metáforas sumamente sexistas para referirse a la relación del científico con la naturaleza: “el científico debe arrancarle a la naturaleza su secreto, perseguirla hasta su recámara y violarla si es necesario, para que la naturaleza ceda o para arrancarle a la fuerza esa cifra que rige la ley natural” (citado en Maffia, 2005)

[2] Y sí, claro, ya sabemos que han pasado muchas cosas desde Platón, pero aún hoy es frecuente y cotidiano que nos encontremos con expresiones del tipo de “está en sus días, no le hagas caso”, o “¡ay, mujeres! No hay que comprenderlas, sólo quererlas”, porque claro, somos incomprensibles, pura naturaleza desordenada y hormonal. ¿Vieron? Nuestro útero sigue siendo lo decisivo para unos cuantos que nos ven.

[3] Argentina reconoció este derecho en 1947, Chile en 1949 y México en 1953, por ejemplo.

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  1. julio 8, 2011
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  3. julio 13, 2011
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  6. julio 14, 2011

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