Poder y violencia de género en la narrativa de Elena Garro
Por Nora de la CruzNo soy feminista. Nada de eso. ¿Por qué? Las mujeres manejamos sólo ideas que han descubierto los hombres. El día que manejemos ideas propias seré feminista, pero mientras manejemos intelecto masculino no soy feminista.
Elena Garro
Desde hace tiempo sostengo que la obra de Elena Garro no es feminista, sino femenina: los argumentos giran casi siempre en torno al destino trágico de una o varias mujeres victimizadas, generalmente por un hombre. Aunque esto ha bastado para que se le considere una denuncia contra el sistema patriarcal, el dominio masculino y la desventaja que representaría la simple condición de mujer, no creo que la intención de la autora fuera ésa. Más aún: ni siquiera reconozco lo anterior en su narrativa. Si bien Elena Poniatowska ha afirmado en Las siete cabritas que la autora de Los recuerdos del porvenir defiende el género femenino “aún sin proponérselo”, mi lectura es completamente distinta. Además, no creo que se pudiera ser feminista “por accidente”.
Lo que sí reconozco en la obra de la escritora –particularmente en sus novelas- es una observación aguda (aunque pesimista) de las relaciones humanas y sus implicaciones en el entramado social mexicano de mediados del siglo pasado. Al leerla desde esta perspectiva –y no como roman à clef-, resulta interesante la representación del poder y su ejercicio en el universo doméstico. Así, la narrativa de la autora salva la “repetición” – que varios críticos acusan- y adquiere un nuevo valor. A continuación revisaremos –brevemente- algunas de las manifestaciones del poder y la violencia que Garro señala, usando como recurso principal a los personajes de sus historias y las complejas relaciones que establecen entre sí.
El universo garriano: maniqueísmo y género
Habría que partir de lo esencial: ¿cómo está configurado el mundo que Elena Garro representa, con tanta insistencia, en sus novelas? ¿Por qué la crítica lo ha percibido como la prolongación de un solo tema? La interpretación más difundida es que la autora usó la escritura como vehículo de venganza por el supuesto dominio que Octavio Paz ejerció sobre su vida y su carrera, hasta el punto de convertir la ficcionalización de su propia desdicha matrimonial en el contenido central de su narrativa. Por ello, dicen los críticos, sus historias son una sola: la de una rubia indefensa que es capturada por un hombre que la somete y la violenta sin que ella pueda hacer nada al respecto. Esta protagonista recibe la violencia y la tolera –como en Los recuerdos del porvenir y Testimonios sobre Mariana-; intenta escapar de ella, sin éxito –como en Reencuentro de personajes-; la sufre pasivamente, pues no concibe una alternativa real de escape –como en Un traje rojo para un duelo e Inés-; o termina aniquilada por ella –como en La casa junto al río-[1]. En torno a ella gira el resto de los personajes: el hombre que la mantiene en cautiverio o la persigue incesantemente, los padres y hermanos que la miran desde su propia indefensión, la hija que no la comprende pero termina convirtiéndose en su extensión y las mujeres mayores, investidas de autoridad –suegras, caseras, socias- que participan sutilmente en el ejercicio de la violencia, o más aun, lo propician.
Puede observarse que, en este universo ficcional, hay dos grandes grupos de personajes: los masculinos y los femeninos. Dentro de éstos, se puede establecer con facilidad una nueva dicotomía: hay hombres buenos y malos; hay mujeres buenas y malas. En ambos casos, los buenos suelen ser rubios, casi siempre extranjeros, delgados y poéticos, asombrados siempre ante la realidad mundana, cuya inmoralidad no comprenden. Los malos, en cambio, son generalmente morenos, gordos, ambiciosos y mezquinos, preocupados por el dinero y el reconocimiento social o intelectual. En esta visión del mundo, evidentemente maniquea, se ha leído la denuncia de la opresión femenina, ejercida por el hombre y validada por el sistema patriarcal. Sin embargo, se ha perdido de vista la paradójica representación del poder que se establece cuando estos grupos de personajes se relacionan: es cierto que los “hombres malos” acosan sin tregua a las “mujeres buenas” –sean sus esposas, amantes o hijas-, sin embargo, estas torturas siempre se justifican dentro de la narración; como muestra, dos botones: todos los habitantes de Ixtepec –en Los recuerdos del porvenir- culpan a Julia de los arranques de ira de Francisco Rosas, su captor, al grado de que –cuando ella finalmente “huye”- el violento militar recibe la compasión del pueblo. En otras novelas, la violenta venganza de un marido tiene como justificación el adulterio cometido por la protagonista. Además, hay un tercer caso en el que se exculpa al opresor de todo mal cometido: cuando es manipulado por una “mujer mala”. Por otra parte, ninguna mujer (buena o mala) corre con la misma suerte que los hombres: sin importar que padezca las peores humillaciones, o que no cometa ninguna falta, la mujer es siempre observada con severidad: se le representa como infantil, irresponsable, cobarde o abyecta. Así, en el universo de Elena Garro, lo femenino es siempre –o casi siempre- negativo, mientras que lo masculino, si bien no es totalmente positivo, siempre aparece como “socialmente aceptable”[2].
Violencia masculina / Violencia femenina
Congruentemente, la violencia en la narrativa de Elena Garro también aparece diferenciada por el género. A pesar de que algunas estudiosas de su obra han descrito a las “heroínas” garrianas como grandes rebeldes, o figuras femeninas avanzadas para su tiempo, considero que existen razones para discrepar, pues la representación de los géneros concuerda con los arquetipos tradicionales de lo masculino activo y lo femenino pasivo. En consecuencia, la violencia que ejercen los varones es casi siempre física, verbal o económica, totalmente intencionada y evidente: Francisco Rosas golpea a Julia, en Los recuerdos del porvenir, en un arranque de celos; los maridos restringen la libertad de sus indefensas esposas y, en algunos casos, ejercen los mismos maltratos sobre sus propias hijas, como ocurre en Inés:
-¿Qué pretendes? – le preguntó a su hija con voz impersonal.
La jovencita guardó silencio (…) El señor Javier continuó:
-Adoras el lujo, chiquita. Eres como tu madre y yo no estoy dispuesto a que abuses de mi bondad.
-Papá…
-¿Qué pretendes? ¿Un chantaje sentimental? ¡Te irás hoy mismo! –dijo el padre, masticando la ensalada.
-Pretendo sobrevivir… – contestó Irene, sin mirarlo. (…)
-¿Entendiste que debes irte hoy mismo?
Irene no contestó, ni cambió de postura, ni calló sus sollozos. (…)
-¡Te ordené que te largaras, chiquita! – chilló furiosa la voz extranjera de Javier. (…) a golpes la arrancaba del lecho. La jovencita recibía los golpes en silencio (…)
-¡Lárgate ahora mismo!
Irene bajaba delante de su padre y trataba de contenerse la sangre que le brotaba de la nariz. En vano se cubría el rostro con las manos para defenderse de los golpes brutales que caían sobre ella. (…) El padre le propinaba puntapiés en todo el cuerpo y la arrastraba de los cabellos hasta la puerta de salida[3]. (42-43)
¿Cómo reaccionan las supuestas “rebeldes” garrianas ante el sometimiento masculino? Casi siempre callando, lo cual continúa con la tradición –cultural o religiosa- de lo virtuoso femenino introyectada a lo largo de los siglos: las figuras femeninas sólo son positivas en la medida en la que son bellas o son victimizadas. De cierta manera, eligen serlo, pues no proponen alternativas reales para asumirse como individuos. Su única respuesta es la violencia pasiva (como el silencio de Julia, que tanto exaspera a Rosas) o las rebeldías de menor escala (como la resistencia de Natalia, protagonista de Un traje rojo para un duelo, que se niega a zurcir calcetines). La huida es otra alternativa, como muerte o escape, pero siempre se espera que provenga de otros. Soportar la violencia sin actuar pareciera ser parte de su misterio o de su dignidad. Por otro lado, el ejercicio femenino del poder es también velado, aun cuando sea activo: las mujeres con autoridad usan a los hombres subordinados –sus hijos, por ejemplo- para torturar a las mujeres más jóvenes, valiéndose de la mentira y el chantaje, principalmente.
En conclusión, las lecturas feministas de la narrativa de Elena Garro merecen ser revisadas, a la luz de lo anteriormente expuesto, pues la autora no propone nuevas formas de actuación o emancipación femenina. Sin embargo, describe una de las formas de misoginia más veladas en el contexto latinoamericano: la ejercida por mujeres, cuyos alcances e implicaciones pueden representar una nueva veta de crítica y estudio de la obra de esta novelista.
[1][1] La enumeración que presento no es inocente: podemos observar que este personaje femenino sigue una trayectoria lógica, de modo que si es cierto que la protagonista garriana es siempre la misma, cabe reconocer que se trata de un personaje que evoluciona (hacia la destrucción), pero no es estático. Posiblemente muchos críticos disentirán acerca de la trayectoria que he trazado, pues dividen la obra de Garro en dos partes diferenciadas apenas por un hito biográfico. Mi lectura, clasificación y ordenación se basan en una nueva cronología de la producción de la escritora, inferida de las menciones de las novelas realizadas en entrevistas y en sus diarios personales.
[2] Más aún: el único personaje femenino totalmente inocente es la hija, atrapada en medio de una persecución perpetua. En cambio, existen al menos dos personajes masculinos con atributos positivos: el padre bondadoso de la protagonista y el enamorado distante, que representa una esperanza –generalmente falsa- de salvación.
[3] Elena Garro. Inés. México: Grijalbo, 1995. 42-43.








