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Guinea Ecuatorial y América Latina: más que un océano de por medio

Por julio 11, 2011 agosto 16th, 2019 One Comment

Buscamos la solidaridad no como un fin sino como un medio encaminado a lograr que nuestra América cumpla su misión universal. José Martí (1853-1895), prócer cubano.

No soy africano por haber nacido en África, sino porque África ha nacido en mí. Kwame Nkrumah (1909-1972), panafricanista. Primer presidente de Ghana.

Localizado a escasos 4500 kilómetros de las costas septentrionales del subcontinente sudamericano, en medio del Golfo de Guinea, rodeado por el Océano Atlántico y con una triste aunque seductora historia detrás de sí, se encuentra uno de los países más pequeños del continente africano y, quizá, más olvidados por el imaginario colectivo mundial. Un país que, a pesar del tiempo y de la distancia que parecen alejarlo, es tan vecino que hasta al más escéptico sorprende. Ese país tiene alma y espíritu latinos, españoles,  que fluyen al mismo ritmo que los latinoamericanos. Ese país es Guinea Ecuatorial, mucho más cerca de lo que imaginamos, no sólo ahora sino desde siempre; y para muestra una de muchas historias:

Juan Garrido fue un negro ladino[i]. Nació a finales del siglo XV en algún lugar de la costa occidental de África. Cuando niño fue capturado por negreros portugueses (marineros lusos dedicados al comercio de esclavos) quienes, separándolo de su tierra y sus afectos, lo llevaron a Lisboa para venderle. Varios años pasaron antes de que fuese Juan embarcado hacia Castilla y muchos más para que lograse su emancipación y decidiera establecerse en Cuba; desde donde en 1519 partió en la expedición comandada por Hernán Cortés a conquistar México. Sobreviviente de la funesta Noche Triste, Juan terminó instalándose en la que pronto se convertiría en la muy noble, insigne y leal Ciudad de México. Se casó con una indígena de etnia náhuatl, y procreó varios hijos, una primera generación de afromexicanos. Juan murió a finales de la década de 1540, sin haber olvidado al África que tan dentro llevaba. A su vera, miles de africanos más hicieron de la Nueva España y del continente entero su casa. Un continente con una escondida pero irrebatible naturaleza africana. La historia de Juan Garrido vincula los destinos de América y de África y se yergue como prueba fidedigna de que ambas tierras (al contrario de lo que podamos pensar) tienen un íntimo pasado y, sobre todo, un presente, e incluso un futuro, en común. En resumidas cuentas, la historia de Juan Garrido demuestra que América se formó no solamente del doloroso (aunque gustoso) encuentro entre las culturas prehispánicas y la española, sino también a partir del matrimonio de éstas con la africana. La tercera raíz de la americanidad, la tristemente olvidada raíz. La raíz africana. Una raíz que tiene su origen al otro lado del mar, y que probablemente en algún momento haya sido arrancada y trasladada hasta estas tierras precisamente desde la misma Guinea.

 

Guinea Ecuatorial tiene una superficie territorial que bien podría pasarse por alto, 28 mil kilómetros cuadrados repartidos entre la provincia continental, incrustada entre Camerún y Gabón, y conocida como Río Muni; y la isla de Bioko, donde se encuentra la capital del país, Malabo. Guinea está salpicada por las menores islas de Annobón, Corisco y Elobey (grande y chica), adyacentes a Bioko, e inundada de petróleo. La extracción del mismo, particularmente desde finales de la década de los noventa del siglo pasado, ha dibujado su futuro dorado para unos, los menos, el grupo en el poder en torno al presidente de notadas prácticas dictatoriales, Teodoro Obiang, al frente del país desde 1979; y negro para otros, los más, el pueblo de un país en donde más del 60% de las personas vive con menos de un dólar al día, donde la esperanza de vida no supera los 40 años, donde no hay oposición política ni libertades civiles. Un país con muchas carencias y restricciones pero, al final del día, rico. Un país con una renta per cápita similar a la de Italia y con excelentes relaciones diplomáticas y (sobre todo) económicas con Europa y los Estados Unidos. Guinea Ecuatorial, un país, ante todo, plagado de contrastes, y muy grandes. Quizá por eso es que se sienta tan cercano a una realidad latinoamericana que 200 años después sigue luchando por dejar, sin éxito, esos contrastes en el pasado. Eso, claro está, además de la lengua y la cultura compartidas.

Guinea es el único país del continente africano en donde el español es lengua oficial (la República Árabe Saharaui Democrática, antiguo Sahara Español, se encuentra ocupada por Marruecos desde 1975; mientras que los enclaves de Ceuta y Melilla, así como el archipiélago canario pertenecen territorialmente a España). El español en Guinea es idioma de intercambio, de política, de cultura y sobre todo de vida. Es el idioma en el que se explica, y se entiende, su realidad. Una realidad de 700 mil habitantes, que no tienen el país que se merecen. ¿Les suena familiar? Si sí es porque así lo es.

Descubierta por los portugueses en 1471 en su camino hacia la India, Guinea Ecuatorial cambió muchas veces de manos, y de vocación, antes de convertirse en colonia española hacia mediados del XIX. Infame por su papel en el comercio transatlántico de esclavos, desde sus costas salieron cientos de miles de personas capturadas y comerciadas atrozmente a empezar una vida (por no poder llamarle de otro manera) en nuestro continente, entre ellos quizá el mismo Juan Garrido; Guinea Ecuatorial parece tener su destino ligado a la tragedia. Algo que, si hemos de ser sinceros, suena tremendamente latinoamericano.

Como parte de la ola emancipadora de la segunda mitad del siglo XX, auspiciada por Naciones Unidas y cobijada por el incipiente Movimiento de los No Alineados, Guinea Ecuatorial obtuvo su independencia de Madrid en 1968. Se convirtió en república y adoptó como lema (portado de forma indeleble en su escudo) la frase “Unidad, Paz y Justicia”, tan lejana de su realidad como el cielo lo está de la tierra. A través de elecciones celebradas en primicia, el “nuevo” país se hizo de un gobierno “nativo” liderado por Francisco Macías Nguema, quien ni tardo ni perezoso, y no dispuesto a conformarse -ambicioso como otros, como todos- se convirtió, de la noche a la mañana, en férreo autócrata. Un férreo autócrata que sino hubiera sido por el Golpe de Estado y posterior fusilamiento militar emprendidos por su mismísimo sobrino hace 32 años, probablemente también se hubiese convertido en presidente vitalicio. Hoy, Guinea Ecuatorial, que gusta de bailar cumbia y rumba, ritmos nacidos en África, llevados por los esclavos negros a América, nombrados en Cuba y en Brasil y ahora reimportados; que lee a Cervantes, a Paz, a Neruda y a Borges en su idioma materno; que jura el nombre de Dios en vano y que sabe que “si el río suena es porque agua lleva”, carga a sus espaldas el ominoso peso de la pobreza y el subdesarrollo. En la cabeza de sus habitantes, sueños de libertad retumban constantes pero lejanos. En sus límpidos cielos azules y llenos de nubes y en sus atardeceres mágicos se plasman los mismos destellos que presenciamos de este lado del Atlántico. En la sonrisa de sus niños y en la mirada de sus ancianos también. Desafortunadamente, lo ruin y corrupto de su clase política y la desesperanza de sus hijos se ven igualmente reflejados en esta orilla occidental del océano que parece separarnos pero que al final sólo termina uniéndonos. Hoy, Guinea Ecuatorial es más parecida que nunca a América Latina, pero igual lo fue ayer y quizá también lo será mañana.

En sus hospitales atienden médicos cubanos y en sus universidades enseñan académicos venezolanos y españoles. En sus orfanatos y asilos dan servicio hermanas misioneras mexicanas y en sus televisores se sintonizan telenovelas lo mismo colombianas que chilenas. Su corazón palpita al ritmo de la marimba y sus pulmones respiran el mismo aire lleno de suspiros interrumpidos que se respira en León, Nicaragua y en Santa Cruz, Bolivia. Desgraciadamente, en su bonanza petrolera, también se esconden miseria y desazón. De acuerdo con organizaciones internacionales de la talla de Amnistía Internacional y de Human Rights Watch, el gobierno ecuatoguineano de Teodoro Obiang es uno de los más represores del mundo, a la par de los de Corea del Norte y Myanmar.

Nadie encarna de manera más fehaciente esa indispensable necesidad de cambio vivida por Guinea Ecuatorial, y reflejada desde Tijuana hasta Tierra del Fuego, que las decenas de miles de ecuatoguineanos que se han visto forzados a abandonar su país. Perseguidos políticos y presos económicos. Nuevos esclavos, como en su momento lo fue Juan Garrido, para quienes la libertad tendrá, si es que alguna vez llega, un precio mucho más alto que para sus antecesores. Juan Tomás Ávila Laurel (Malabo, 1966) es una de sus voces más potentes. Escritor, poeta, dramaturgo y ensayista. Ávila Laurel habla desde su trinchera barcelonesa con los ojos enjugados de nostalgia y el corazón henchido de orgullo.

“Desde que Guinea recobró su independencia política de España, ha habido una sucesión de regímenes muy represivos. En concreto, el instaurado por Macías, al que siguió el de Obiang tras el fusilamiento del primero. En Guinea no hay libertad personal, no hay prensa libre ni libertad de manifestación o de reunión. Hay una corrupción feroz que atraviesa las fronteras guineanas. La disidencia política es perseguida y los opositores vetados. Hay numerosas detenciones injustificadas y  un nepotismo feroz, y lo que consagra este estado de cosas es la impunidad.”

Ávila Laurel agrega fulminante, en una frase que bien podría haber sido acuñada por el realismo mágico latinoamericano, “quizá el peor drama de Guinea es que no sucede nada”.

Un escenario atroz y sin embargo tan lleno de vida, en donde siempre habrá cabida, como en la América “libre” y bicentenaria, para la esperanza. “A Guinea le espera un futuro mejor, tiene todos los elementos para conseguirlo, aunque también depende de lo que dicte la providencia, siempre incierta”. Culmina un estoico Ávila Laurel, con la mirada fija en el horizonte y los pies firmes en la tierra, esa europea o americana. Tan lejana de Guinea pero al mismo tiempo tan cercana.


[i] En la época de la colonia se denominaba negro ladino a aquel africano de origen que poseía un buen conocimiento de la lengua y las costumbres españolas, es decir, un negro aculturizado al mundo y las usanzas de la corona hispana.

 

 

Diego Gómez Pickering

Diego Gómez Pickering

Diego Gómez Pickering (México D.F., 1977) es narrador, periodista y diplomático. Trabaja como consultor para Naciones Unidas y su libro más reciente es El puro cuento, cuentos del mundo árabe (Praxis, 2011).

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