Carla Morales Ríos (41) es una artista y activista travesti nacida en Rosario de Lerma, una ciudad del noroeste argentino. A través de su historia pensamos y visualizamos cómo es transicionar fuera de las capitales de la región. ¿De qué manera encaran, asimilan y atraviesan este proceso de cambio de género las personas trans en poblaciones donde no hay un conocimiento profundo del tema? ¿Cómo es salir del clóset en el interior?


 

Este contenido es parte de #InteriorLATAM, un proyecto para contar historias y crear conversaciones más allá de las grandes ciudades de nuestra región. Suscríbete a nuestro newsletter mensual.

 

El pelo negro, largo y espeso cae como una cascada sobre el hombro derecho de Carla Morales Ríos. Está sentada de espaldas a la entrada de la cafetería del Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta (MAAM), un edificio de estilo neogótico ubicado frente a la Plaza 9 de Julio, en el casco histórico de la Ciudad de Salta, en el noroeste argentino. 

Son las diez de la mañana y desde la ventana que hay detrás de Carla se percibe un día soleado. En cuatro horas participará como invitada en Alegre Distopía, un conocido programa de Radio Nacional Salta. Irá allí para contar acerca del proceso de aceptación, construcción y encuentro con su identidad autopercibida, marcada por el arte y el activismo.

Carla (41) es una artista y activista travesti nacida en Rosario de Lerma, una ciudad perteneciente a la provincia de Salta. Irrumpió en la escena pública en 2018, cuando denunció al sacerdote católico Emilio Raimundo Lamas por abuso sexual con acceso carnal. Según ella, los hechos ocurrieron entre 1992 y 1994, cuando tenía entre 12 y 14 años. 

“Siempre supe que no era un chico, pero creo que no tomé realmente conciencia de eso hasta mis doce años”, relata. “Fue ahí, en la adolescencia, que comencé a darme cuenta que yo no era una chica, porque veía que mi cuerpo no se transformaba como el de mis compañeritas”, relata.

No importa en qué país se encuentren, mucho menos si viven fuera de las grandes capitales, las personas trans sufren por igual el rechazo familiar y social, la deserción escolar secundaria y terciaria, la falta de oportunidades laborales formales y el abuso institucional, entre otras vulneraciones de derechos. 

¿Pero cuántas veces se habla de la vulneración del amor? El amor y el respeto son dos ingredientes necesarios a la hora de transicionar, sea en una capital o en el interior del país. 

Trepar árboles, jugar a la pilladita y transicionar

Carla nació el viernes 22 de febrero de 1980 en Rosario de Lerma, una localidad de casi 25 mil habitantes ubicada a media hora de Ciudad de Salta, la capital de Salta, una provincia fronteriza conocida popularmente como “Salta, la linda” por su gran variedad de paisajes, que van desde desiertos y selvas hasta valles y quebradas. 

 

La familia Morales Ríos fue una de las primeras en habitar el barrio Ricardo Balbin, que luego terminó poblándose de a poco. Fue así que Carla, junto a sus tres hermanas y hermano, se hicieron de vecinos y vecinas con quienes pasaban las tardes trepando árboles, armando muñecos de barro y jugando a la pilladita, un juego popular que consiste en perseguir y atrapar al resto de los jugadores. 

“Durante la  infancia siempre apelé a la imaginación”, recuerda Carla. “Jugábamos a vestirnos con sábanas y toallas, hacíamos desfiles de moda, juntábamos flores. Nos gustaba mucho dibujar y pasarnos horas haciendo nuestros propios juguetes de barro. Una infancia muy sana”.

Su mamá sabía que “algo pasaba” con ella porque la veía jugar con sus pinturas, zapatos, carteras y polleras. Además, siempre fue muy visible que Carla “no era un varoncito”. “Siempre fui muy mariquita”, comenta en más de una oportunidad, haciendo referencia a su feminidad. 

De esa manera, fiel a sus sentimientos, Carla empezó a transicionar.

“Dios, cámbiame, por favor”

El tono y ritmo de voz de Carla es suave y tranquilo como una zamba, un baile típico de las provincias del norte de Argentina. Con ese mismo cauce cuenta que no es lo mismo ser una persona trans en Ciudad de Salta que al interior, donde los temas de identidad de género son mucho menos conocidos y ni siquiera se ponen sobre la mesa para tratarlos y discutirlos.

La familia de Carla siempre abrazó su identidad autopercibida no imponiendo juegos “predestinados para niños” ni exigiendo “forzar una masculinidad que no sentía”. Sin embargo, en su casa nadie hablaba del tema. Con el tiempo ella entendió que su mamá, papá, hermanas y hermano también estaban transicionando en silencio.

“Hay que entender que al principio hay una negación que se representa en forma de ‘yo sé que está pero prefiero no hablar”, reflexiona después de remarcar una y otra vez cuán amorosa, comprensiva y contenedora fue su familia al saber que ella nunca se sintió un varón. Particularmente sus dos hermanas, Eva y Martina, quienes ahora son también  personas trans.

A diferencia de su infancia, ya en la adolescencia no todo fue de colores alegres. A sus 18 años, cuando recién comenzaba a explorar el mundo del travestismo, Carla no sólo fue arrestada por la policía debido a  una denuncia por presunto “ejercicio de la prostitución”: también fue echada de casa por su padre.

Su mamá se acercó a ella para pedirle que volviera pero Carla le aclaró con determinación que “no iba a cambiar, que si querían que fuera una pantalla iba a cumplir con los mandatos familiares, pero nunca sería feliz”. A lo que su madre respondió: “Bueno, pero volvé a casa y decile a papá que vas a cambiar, portate bien”.

“Fue un año duro porque fui muy vigilada por mis papás. A la noche me acostaba llorando, rezando, pidiendo: ‘Dios cámbiame, por favor’, aunque al otro día no pasaba nada. Esos milagros no existen”, dice con dulzura moviendo sus manos grandes, negras y huesudas, culminadas por unas largas uñas de color fucsia.

Fue unos años después de esta escena -Carla no precisa cuántos- que finalmente pudo sentarse y hablar con sus padres sobre todo lo que sentía. Ellos reconocieron que no era que no la aceptaran, al contrario: solo tenían miedo porque sabían “cómo terminaban” las personas trans. Siempre leían que las mataban, por eso temían que ese llegara a ser su destino. 

Es una realidad que no ha cambiado. Actualmente, el promedio de edad de una persona trans en Argentina es de 35 años. Según el último Informe del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+, solamente entre el 1 de enero y el 30 de junio de 2020 se cometieron 69 crímenes de este tipo en el país. Del total de personas de la comunidad LGBT+ víctimas de ellos, el 78 % de los casos corresponden a mujeres trans (travestis, transexuales y transgéneros) y el 2 % a varones trans.

El arte como mecanismo de defensa

A las miradas acusadoras en el barrio, al abuso sexual que sufrió en su niñez, a las piedras que le tiraban sus compañeros de secundaria, a los codazos de personas que percibían que “no era una mujer pero tampoco un hombre” y a todas las situaciones de hostilidad que se le presentaron en sus 41 años les hizo frente con el teatro.

“Tenía quince años cuando empezó el taller de teatro municipal en la Casa de la Cultura de Rosario de Lerma”, dice. “Ahí aprendí a trabajar la voz y el cuerpo y supe desde ese momento que podía ser una herramienta para defenderme cuando me leyeran marica”, dice Carla. Normalmente le cuesta nombrar esas situaciones. La mayoría de las veces prefiere no hacerlo. 

Aunque todo empezó como un juego con aquellas horas de danza y  pintura cuando era niña, fue cuando conoció el teatro que se sintió realmente abrazada. Entonces entendió que el arte, además de ser un factor de cambio para muchas personas, es también un mecanismo de defensa: “Nunca me quedé con todo el dolor porque siempre apunté a sanar todas esas situaciones violentas”, dice. Para ese momento, también había sido abusada sexualmente por Emilio Lamas, un sacerdote católico de Rosario de Lerma.

Fue el teatro, también, lo que la impulsó a emigrar a Buenos Aires a sus 24 años.

El encuentro con el activismo y la identidad autopercibida

El concepto “salir del clóset” no se da de manera fácil en el interior. Mientras algunas personas logran transicionar en su pueblo, aldea o ciudad natal, otras necesitan emigrar a las grandes capitales para hacerlo. Fue el caso de Carla: “Las personas muchas veces se van para poder hacer y yo me fui para poder ser”, precisa la artivista. 

Carla llegó a Buenos Aires en marzo de 2004 con el deseo de reconstruir su identidad y estudiar teatro. Confiesa que ese primer año la pasó bien, que no extrañó casi nada de Rosario de Lerma. Estaba deslumbrada con los cafés, los centros culturales, la noche porteña. El desarraigo llegó mucho más tarde, unos cinco o seis años después.

Multifacética y emprendedora por naturaleza, se desempeñó en diversos trabajos, desde  vendedora de publicidad para una revista de terapia alternativa hasta maestra pastelera en un restorán. Sin embargo, su vida dio un giro de 180 grados cuando empezó a trabajar como cocinera en Casa Brandon, un centro cultural ubicado en Villa Crespo, un barrio cubierto de árboles y rodeado de casas bajas en el que se percibe mucho arte urbano.

Fue allí donde conoció a sus primeros amigos artistas y activistas y, también, donde decidió  dedicarse al arte.

La Ley de Identidad de Género se promulgó en Argentina el 23 de mayo de 2012. Para ese entonces Carla ya asistía a la facultad, tenía un trabajo legal y una cuenta de banco. Para ella nunca fue una urgencia tener un Documento Nacional de Identidad (DNI) que confirmara lo que ya sabía desde que era niña y trepaba árboles en Rosario de Lerma: que su nombre social era Carla Morales Ríos.

Su nuevo DNI llegó en agosto o septiembre de 2012. No lo recuerda bien porque para ella fue un trámite más. La espina dorsal, lo más significativo dentro de su transición, no fue la obtención de un derecho, de una ley que aún así entiende como importante y trascendental para todos, todas y todes les argentines, sino el reconocimiento de su padre.

Cuando este cumplió 50 años, lo celebraron con una fiesta junto a una treintena de personas. Carla viajó desde Buenos Aires para estar presente. Cuando llegó el momento de decir unas palabras, él mencionó a sus hijas así, en femenino: “Que mi papá hablara de nosotras como las hijas, delante de tanta gente, para mí eso fue como ‘listo, muero en paz”. 

Su ecuación fue sencilla: “Me ama mi papá, me ama mi mamá, me ama mi familia. Ya está: logramos que nos entiendan, que nos respeten y abracen nuestra identidad”, dice. Así logró cerrar de alguna manera su proceso de transición, aunque reconoce que una persona nunca deja de transicionar. Eso es algo que la acompaña a una durante toda la vida. 

Carla decidió volver a Rosario de Lerma, al seno familiar, dos meses después de que se decretara en Argentina el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) debido a la pandemia de covid-19. Habían pasado 16 años desde que se despidió de la ciudad para deslumbrarse con Buenos Aires. 

En la actualidad espera una propuesta de trabajo de Radio Nacional Salta, emprende un proyecto audiovisual sobre su historia familiar y prepara su incursión en la política local. De esto último todavía se sabe poco. Carla no da muchos detalles, pero sí deja entrever que pretende ir más allá de las cuestiones relativas a la temática LGBTIQ +. Ella quiere traspasar el círculo trans. Quiere hablar, llegar y transformar la realidad de todos, todas y todes. 

 

Ilustración: Rocío Rojas
Florencia Luján

Florencia Luján

Florencia Luján (Argentina, 1992). Periodista, siempre que se pueda.

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