Claudio Lomnitz, El antisemitismo y la ideología de la Revolución Mexicana, trad. de Mario Zamudio, México, Fondo de Cultura Económica, 2010 (Colección Centzontle).

Un día de mediados de marzo de 2007, la prensa mexicana abrió titulares con la espectacular noticia de que la policía había incautado 205 millones de dólares, una cifra histórica, en una casa de Lomas de Chapultepec, una de las zonas residenciales de exclusividad en la Ciudad de México. La casa pertenecía a Zhenli Ye Gon, un empresario mexicano de origen chino, y el dinero, se decía, era producto del tráfico ilegal de pseudoefedrina, uno de los componentes químicos utilizados en la producción de metanfetaminas, pero también en la de medicamentos para la gripa y la congestión nasal. Ye Gon estaba en Estados Unidos en ese momento, pero hubo oportunidad de entrevistarlo y hacer que contara su versión de los hechos. Incriminó a altos funcionarios de la administración federal panista y dijo que el Secretario de Trabajo le había amenazado con matarlo si no cooperaba: “copelas o cuello” se hizo una frase muy popular por esos días.

Lo relevante de la noticia no es tanto la cantidad del dinero, la producción de la droga o la corrupción de un alto funcionario público. Lo relevante es la manera de contar la noticia. Toda alusión a Ye Gon conllevaba el epíteto “de origen chino”. Pero para la manera en la que ocurrieron los hechos, daba igual si era de origen chino, alemán, o sudanés. Ye Gon era un empresario, un ciudadano mexicano, tenía una casa, una familia, un trabajo, y entre esas actividades, resulta que se enriquecía ilícitamente y que participaba de la corrupción gubernamental. Nada muy diferente a lo que hacen otros tantos mexicanos, naturalizados o no, relacionados o no con el narcotráfico. El origen chino no decía nada sobre el hecho ni explicaba absolutamente nada del momento; sí revelaba, en cambio, una manera de construir a ‘los enemigos’ y de hacer una separación, políticamente muy útil, entre quien podría ser el inocente y quién el culpable.

Al parecer, nada de esto tiene que ver con el antisemitismo y la ideología de la Revolución Mexicana. O quizá sí. Ya Lomnitz había llamado la atención sobre ese rasgo tan particular de la prensa mexicana y del ámbito político en México –quizá haciendo alusión al mismo caso, si no recuerdo mal– en una de sus maravillosas columnas en el periódico Excélsior, que desafortunadamente ya no se publican y cuyo historial es imposible de rastrear en Internet. La misma estructura se usó para dar la noticia del escándalo en el gobierno de la capital cuando Carlos Ahumada filmó a René Bejarano, en 2004, atiborrándose los bolsillos de dinero en efectivo, dinero que el mismo Ahumada le había entregado. Ahumada era, en toda descripción, “un empresario mexicano de origen argentino” y era como si, por esa sola característica, se explicase con más facilidad por qué había incurrido en actos de corrupción y por qué, en la narración de los hechos, ocupaba el lugar del malo. “De origen chino” o “de origen argentino” funcionan, entonces, como razones veladas para explicar que los extranjeros, por ser extranjeros, albergan sentimientos antipatrióticos y pueden, por eso, dañar al país. En realidad, ambos eran mexicanos y el que hubiesen nacido en otro país no era razón para nada. La corrupción o la ilegalidad no derivaban de su lugar de nacimiento, sino de una serie de relaciones y posiciones sociales más complejas y muchos más difíciles de explicar.

En El antisemitismo y la ideología de la Revolución Mexicana Lomnitz analiza el uso y la utilidad de ese recurso en la construcción de una ideología nacionalista desde los años anteriores a la Revolución Mexicana. El antisemitismo moderno proveyó el molde, y las condiciones políticas y económicas ofrecieron los episodios que se iban insertando en las posibilidades de ese discurso. El texto, al parecer originalmente un artículo para una revista académica en inglés, es bastante corto y, por ello, muy sintético en algunas de sus partes. Esto, sin embargo, no quita claridad o profundidad a las ideas, sólo exige más atención y memoria al lector.

Lomnitz describe la génesis y la evolución de ese discurso alrededor del odio a los científicos, ese grupo de políticos y funcionarios nunca bien descrito o comprendido como una unidad, que formaba parte fundamental de la élite porfirista. La ambigüedad o la falta de una delimitación clara y precisa del grupo de los científicos no es azarosa, pues la utilidad del término radicaba, precisamente, en la amplitud y la variedad de los personajes a los que podía designar. Cuenta Lomnitz que el término salió de una reacción burlona al manifiesto de la Unión Liberal, un grupo de apoyo político que organizó Justo Sierra para lanzar la campaña presidencial de Díaz de 1892. En el manifiesto, Sierra hizo referencia a algunos cambios técnicos que necesitaba la administración pública para seguir con el impulso modernizador de Díaz, y escribió: “[…] sacar nuestro régimen tributario del período puramente empírico, proporcionándole en el catastro y la estadística sus bases científicas”. La idea de que la ciencia tuviese alguna relación con la política era, por supuesto, una razón para lo ridículo; pero el referente de ‘los científicos’ fue inestable desde entonces, pues pasó a nombrar tanto a los miembros de la Unión Liberal, a quienes buscaban reformas al sistema gubernamental, como a quienes tenían educación técnica y científica y nada tenían que ver, quizá, con el régimen de Díaz. Un ‘científico’, por sus ideas, por su formación intelectual, por su posición social, se relacionaba directamente con un proceso modernizador en el que la inversión extranjera jugaba un rol fundamental para el crecimiento económico del país.

Un ‘científico’, en el imaginario popular, representaba uno que no pertenecía al pueblo y que, en pocas palabras, entregaba la patria al interés extranjero. El antisemitismo desempeñó un papel fundamental en articular y definir el odio al científico como alguien ajeno al conjunto nacional y en simplificar, a la vez, la designación de los ‘buenos’ y los ‘malos’. Ese odio y esa articulación particular son un aspecto característico de la ideología de la Revolución. El caso Dreyfus, que empezó en Francia en 1894, proporcionó el escenario para “incriminar” a los científicos y revelar su posición antagónica y peligrosa para el país, pues en su mayoría adoptaron una posición pro-Dreyfus, que era también una posición en contra de la iglesia católica y el militarismo. No es este el espacio para analizar el caso Dreyfus, pero vale la pena comentar que el capitán Dreyfus, de origen judío, fue acusado de traición al entregar a los alemanes un conjunto de documentos secretos. Todo resultó una falsa acusación y Dreyfus, finalmente, fue declarado inocente. Pero entre 1894, cuando empezó el caso, y 1906, cuando terminó, el affaire constituyó una batalla entre la fidelidad a la patria y la unidad nacional y la traición a Francia y la ruptura de la nación.

De esa manera, también la prensa mexicana se valió de la distinción entre los científicos (a favor de Dreyfus) y los militares (en contra de Dreyfus) para representar y producir divisiones al seno de la élite porfirista. El lenguaje antisemita sirvió, entonces, para separar la virtud del vicio en el espacio público y para representar conflictos políticos en una dualidad blanco-negro. Sobre estas estructuras se articularía una vertiente del lenguaje nacionalista y una imagen del ‘traidor’ que perdura en distintas versiones de la discusión pública: en la distinción de los ‘limpios’ y los ‘sucios’ en la corrupción política, en el rechazo a la privatización en algunos sectores económicos, en el lenguaje de las campañas políticas o en las explicaciones de la prensa, por mencionar sólo algunos ejemplos.

En el texto, Lomnitz luce una investigación minuciosa de la prensa de la época, de textos históricos y de memorias personales, siempre del lado más agudo y asombroso de su análisis, de su imaginación, su conocimiento de la historia y su capacidad, siempre deslumbrante, para el pensamiento abstracto y para relacionar significados y prácticas sociales. La publicación en el año de los centenarios, para quien lee con atención, fue un acierto, un respiro para pensar, con mirada crítica y distancia objetiva, con qué se ha construido realmente el lenguaje de esa celebración.