Dicen que la negrura del cuervo penetra hasta su mismísima alma. No hay olor ni carroña que ahuyente su apetito; no hay sombra que oculte la densidad de su plumaje. Pájaro de mal augurio, inteligente y longevo cual hierba mala, espíritu errante.  Como otros males de este mundo, el cuervo viene del Norte, es del Norte, no se le ve ni se le quiere en el Sur. Y cuando un día ahí quiso echar raíces, desató todas las furias.

Contaremos aquí la historia de ese cuervo desorientado. Corrían los años de la dictadura militar en Argentina, para ser precisos, el mes V del año MCMLXXIX. Todo comenzó en la ciudad Azul.

Fue en aquel mes de mayo que apareció en una pequeña localidad argentina de alrededor de 50,000 personas una nueva publicación literaria, titulada El cuervo. Ningún editor responsable figuró en las páginas de la revista, para proteger identidades que podrían imaginarse sospechosas, pero el grupo de editores y colaboradores era muy pequeño: el pintor Luis Felipe Núñez, un ex-estudiante de psicología, Rubén Omar Boggi, el poeta Héctor Alfredo Mañandes y Ricardo Nápoli.

Tuve  la suerte de encontrar a Boggi en una tarde de naufragio en google. Le aventuré una pregunta sobre su colaboración en El cuervo y dijo apenas recordar esa experiencia. ¿Cómo habría de ocupar aún un lugar en el baúl de los recuerdos una publicación tan “subterránea”, tan juvenilmente utópica y poéticamente intrascendente? Algo permanece, como “el recuerdo de horas y horas de tipeo de los materiales, la adrenalina de publicar algo por primera vez, la dificultad para conseguir la plata”. Entre sus papeles viejos está todavía el recibo del pago para obtener el registro de propiedad intelectual y los borradores de algunos materiales jamás publicados. Ningún ejemplar. En mis recorridos por Buenos Aires tampoco pude encontrar ejemplar alguno en bibliotecas y librerías de viejo. Los únicos rastros de lo que allí fue publicado son los “análisis de contenido de acción psicológica” redactados por el Comando General del Ejército y la Dirección de Publicaciones del Ministerio del Interior. Y si subsisten, no es porque el gobierno

militar los haya entregado a sus sucesores o a algún archivo público. De hecho, el último presidente de la dictadura, el Gral. Bignone, ordenó la destrucción de todos los documentos relacionados con la represión cultural. Pero estos reportes azarosamente escaparon al fuego y por largos años (hasta el 2000) permanecieron en los sótanos del ya desaparecido Banco Nacional de Desarrollo (BANADE). Hoy están abiertos a la consulta pública y su análisis me permitió conocer el vuelo de ese cuervo de alas frágiles, así como entender la maquinaria de la censura, sus oscilaciones entre la inercia y el miedo, la sospecha y el secuestro a la palabra.

El cuervo fue considerado por el ejército como “un libelo”, una “publicación pornográfica, vulgar”, que utiliza un lenguaje grosero, el cual no puede tener una incidencia ideológica y menos filosófica, ya que se trata de un conglomerado de palabras y frases en las cuales —ni siquiera— se identifican personajes”. No obstante, continúa la evaluación, “[n]o se puede obviar la pretensión final y oscura que guarda dicha publicación, que tiene una dirección izquierdista”.[1]

Este reporte de censura sorprende por su minuciosidad. Abarca desde aspectos puramente formales hasta un conjunto de citas textuales que sustentan el análisis. Los censores describen a la revista como una publicación mensual de ocho páginas, bien diagramada, mimeografiada y reproducida en forma de fotocopias. Si bien no hay mención del tiraje, se habla de un “alcance estratégico” con “aplicación ofensiva” a partir de un “método sugestivo”. El público blanco eran los “lectores de temas de arte”, pero el “sector afectado” era el “público en general”. Ente los mensajes detectados están la necesidad de “romper las estructuras formales del arte clásico”, conclusión que resulta del cuento de Boggi, titulado “Juan”. En éste, dice el reporte, se ponía en cuestión la estructura tradicional de cuento, por medio de la eliminación de diálogos y de “una puntuación clara”, la construcción de personajes “confusos” y la ausencia de escenarios definidos.

De acuerdo con los militares, la revista también buscaba difundir el uso de un lenguaje “barato, grosero y soez”, “imponer un movimiento literario denominado «realismo»” y “producir a través de la disociación una especie de revolución cultural”. Pero las frases con las que se busca dar sustento a estos juicios no llevan, de forma lógica y sin mediaciones, a tales alegatos.

El cuento de Boggi parece, efectivamente, haber estado cargado de “malas palabras”. Algunas son citadas en el reporte: se habla del “calor de mierda”, “las manos [que] se ponen duras, cagonas”, “las boluditas”, “se cagaron en el asunto del Josecito”, “y el hijo de puta”, “aunque tenga que incendiar todo este reformatorio de mierda para que el mundo se entere.” Sorprende que, ante el uso de este lenguaje, en el reporte de censura no se hable extensamente de insultos a la moral pública, sino que se enfatice, en cambio, su dirección izquierdista, su carácter “disociante” y su orientación violenta. Así pues, a la revista no se le juzga por lo que expresa, sino por lo que los militares suponen que expresa. Y el sustento sobre el que se fundan estas especulaciones es muy vago. Hay así profundas inconsistencias entre la imagen de la publicación construida a partir del reporte de censura y la historia real de sus alcances, sus compromisos ideológicos y su circulación.

Desconocemos cómo cayó El cuervo en manos del Comando General del Ejército pero éste informó sobre la existencia de la publicación al Ministerio del Interior. La denuncia llegó a principios de julio de 1979, es decir, a menos de dos meses de la aparición de la revista. A pesar de que el tiempo podría parecer breve para que una burocracia haya ya hecho el análisis de la publicación y de los antecedentes de sus colaboradores, en julio estas tareas habían sido completadas. Tal memorándum viene pues acompañado de los antecedentes policiales de Rubén O. Boggi (obtenidos en junio) y de un primer “análisis de contenido de acción sicológica (sic)”. La rapidez de la acción militar frente a esta publicación juvenil nos habla tanto de la peligrosidad que le fue atribuida como de la existencia de un extenso aparato burocrático encargado de un celoso control de los productos culturales.

El Ministerio del Interior era el eje rector de esta maquinaria de censura. Desde su dirección del Ministerio durante

cinco años (1976-81), Albano Harguindeguy dio continuidad a la política de férrea vigilancia de la producción cultural, sellando con su firma todos los decretos nacionales de censura durante la gestión de Videla. No apareció jamás en estos decretos la firma del Ministro de Cultura y Educación, muestra simbólica del otorgamiento de la responsabilidad de vigilar la circulación de sentido en la sociedad a la policía.

Al momento de entrar en esta estructura burocrática, las publicaciones iban creciendo en peligrosidad imaginada y los contenidos quedaban a un lado, pues la biografía de los autores, las categorías binarias para clasificar la producción cultural y la construcción de escenarios propia de las tareas de inteligencia se sobreponían a la complejidad del discurso literario. En octubre, cinco meses después de la primera aparición de El cuervo, se emprendió una incansable búsqueda de todos los ejemplares, “especialmente los correspondientes a los meses IV a IX de 1979”. El Tenel. Méndez dirigió un pedido de rastreo al Intendente de la Ciudad de Azul y éste pareció desvivirse en la tarea. Un mes después, escribió a Méndez haber realizado gestiones personales para resolver el asunto y no haber localizado ningún ejemplar. Pidió también disculpas por la demora y prometió enviar los ejemplares tan pronto fueran localizados. En enero finalmente apareció un número, pero era el mismo que había sido originalmente analizado y denunciado, correspondiente al mes de mayo. La búsqueda continuará, dijo el Intendente, “cualquier novedad será comunicada de inmediato”.

¿Por qué se negaba este “peligroso” cuervo a aparecer? ¿Cómo escapaba su vuelo de las manos de los censores, empeñadas en desgarrarse hasta encontrarlo?

En febrero siguió el silencio, pero Méndez ordenó una segunda búsqueda. En mayo, un año después de la primera aparición de la revista, Méndez solicitó impedir su circulación a la Policía Federal y al gobierno provincial. Desconozco hasta cuándo siguieron las pesquisas en bibliotecas públicas y privadas, librerías y kioscos. Hay registros de que la policía visitaba kiosco por kiosco en busca de los títulos prohibidos y exploraba las bibliotecas de las casas particulares. Pero no deja de ser un misterio cómo habrán hecho estos hombres para recordar tantos títulos, siendo que las listas de prohibidos superaban los cientos. Sin embargo, hoy sabemos que incluso si hubiesen contado con ayuda divina, jamás habrían encontrado los ejemplares subsiguientes de El cuervo. Y no porque sus editores hayan diseñado elaboradas redes clandestinas para hacerlos circular o porque la URSS les haya ayudado a mantenerlos ocultos. La respuesta es absurdamente más sencilla, y no deja de sorprender que jamás haya figurado, ni siquiera como posibilidad, en los análisis de inteligencia. El cuervo tuvo una sola y única aparición, en mayo del 79. Si no apareció más no fue porque los colaboradores hayan tenido noticia de su prohibición o se hayan autocensurado ante el clima de miedo que paralizaba la vida pública. Como recuerda Boggi, faltó plata para sacar el segundo número, pues el chico al que se le confió el dinero, ¡decidió hacer un viaje por Bolivia con éste, en lugar de pagar la imprenta!

En la sencillez de este azaroso desenlace queda negada, hecha trizas, la hipótesis de que detrás de la publicación había oculto un plan general de cambio social violento. Se acabó la plata, listo, se acabó la publicación y regresó el silencio acostumbrado de los jóvenes poetas. Si la hipótesis militar se desmorona tan fácilmente, es por la debilidad de sus premisas. El cuervo no era ni remotamente una publicación de superficie de una organización política. Su única relación con la izquierda era el hecho de que uno de sus colaboradores, Boggi, había sido líder estudiantil entre 1975 y 76 (a los 20 o 21 años). En 1979 había dejado ya la militancia y trabajaba en el Banco Español de Azul. Cierto, este joven escritor era crítico del autoritarismo, pero estaba seguro de no contar con la fuerza (ni física ni espiritual) para derrocarlo. Por medio de la revista buscaba establecer un diálogo artístico con la comunidad de Azul —ante todo, con los escritores— poniendo en duda las estructuras y espacios de difusión del “arte tradicional”.

El título de la revista hacía alusión al poema de Poe, pero su elección fue circunstancial. Con éste no pretendían proponer ni una filosofía ni “un sistema de vida”. El escaso romanticismo presente en la revista queda vigente en un pequeño debate que surgió en el periódico El Tiempo. El periodista Carrau, en desacuerdo con la recurrencia de Boggi a un leguaje “bajo”, escribió:

El poeta y el artista deben superar la terrible realidad que se muestra cotidianamente, ya sea directamente o a través de lo que informan los “mass media”. A la sucia realidad hay que recrearla imaginativamente para que sirva de “ideal” para abrir nuevos caminos a los hombres […] El dolor, la miseria, la muerte, la injusticia, hay que experimentarlos hasta el tuétano, pero al mismo tiempo hay que superarlos. Quedarse en ellos es quitarles su sentido último, que consiste en hacernos mejores […] El arte y la poesía deben servir para vivir y no para morir. Inclusive (mejor, sobre todo) cuando se trata de literatura comprometida.[2]

La respuesta del editor en jefe de El cuervo, Nuñez, es el rechazo absoluto de esta visión, reprochando al autor la falta de actualidad de su concepción del arte.

No hay “sucia realidad”, […], hay realidad y nada más. Según su punto de vista “romántico y decadente” deberíamos vivir en una época que no es la nuestra. Esto es inmoral y vergonzoso, porque somos hijos de este momento o no somos nada […] Él pertenece al pasado, con todo su egoísmo. Nosotros, a una realidad presente, quizás dura, pero presente […] Ni la pintura […], ni la escultura ni la literatura tienen nada que hacer ante las artes del presente. ¿Puede un pintor rivalizar con el cine? Por eso […] expresamos de modo claro la muerte de las artes que creemos tradicionales. El profesor Carrau […] no entiende que estamos a fines del siglo Veinte, y por más que nos duela, todo nuestro sistema griego y occidental está en crisis[3].

A partir de esta respuesta cabe leer entre líneas que si El cuervo hablaba en su Manifiesto de un momento de crisis, no era para proponer un cambio de sistema hacia el comunismo (inserto, él también, en la creencia ilustrada del ordenamiento racional de la sociedad), sino para hablar de la imposibilidad misma de construir grandes modelos para explicar la sociedad e imaginar el futuro. Se trataba de otra cosa, la entrada al posmodernismo, el peso del presente.


[1] Cabe destacar el tono especulativo de estas palabras, basadas en el supuesto de que la obra no se basta por sí misma, pues está inserta en un plan más amplio de cambio social desde la izquierda.

[2] “Revistas de aquí  y de allá”, 20 de mayo de 1979, s.p. (recorte periodístico).

[3] Luis Felipe Núnez, s.t., s.p. (recorte).