Esther Vivas es la autora de Mamá desobediente, el último de varios libros con los que viene acercándose desde hace más de diez años a algunos de los grandes problemas sociales de nuestros tiempos. Su objetivo, ahora, es generar debate y complicidades en América Latina para aprender y avanzar colectivamente en la defensa de una maternidad feminista. 


 

Si Esther Vivas (España, Sabadell, 1975) tuviera que definirse, una sola palabra no alcanzaría. 

La mujer del otro lado de la pantalla, esa que atiende Zoom para hablar de su libro Mamá desobediente, es madre, sí, pero no sólo eso. También es mucho más. 

Esther es mujer, aunque la sociedad machista busque que desaparezca tras el término de madre. Es desobediente, porque busca una maternidad anti-patriarcal. También anticapitalista, porque cree que los tiempos del cuerpo no son los mismos que los del sistema. Es periodista, autora de diversos libros, defensora de una alimentación ecológica y también feminista, así como para empezar.

En 2019 escribió Mamá desobediente, el último de varios libros con los que viene acercándose desde hace más de diez años a algunos de los grandes problemas sociales de nuestros tiempos. Mamá desobediente desembarcó este año en México y Perú (ya antes lo había hecho en Chile, Argentina, Colombia y más). El objetivo de Esther es generar debate y complicidades en América Latina para aprender y avanzar colectivamente en la defensa de una maternidad feminista.

Esther, tu libro “Mamá desobediente”, recientemente editado en México, busca hablar, desde el feminismo, de la maternidad. ¿Qué te llevó a escribirlo? ¿Fue una experiencia personal? 

Yo viví los inicios de mi maternidad con dificultad porque me costó lograr un embarazo. Tardé cinco años en tener a ese hijo que tanto deseaba y lo tuve sometiéndome a distintas técnicas de reproducción asistida. Los inicios de mi maternidad no fueron fáciles y convertirme en madre hizo que me cuestionara lo que significa ser madre en esta sociedad, que tomara conciencia de cómo de invisible es, hoy en día, la maternidad.

Cuando me convertí en madre descubrí que la maternidad no solamente es invisible en el seno de la sociedad sino también en el seno de los movimientos sociales que apelan a transformar esta sociedad, como el movimiento feminista. Eso dio lugar en mí a una cierta indignación que me llevó a escribir. Quería hablar de esta realidad.

Esther Vivas, una mamá desobediente

“Mamá desobediente” es el último de los libros con los que Esther Vivas viene acercándose a algunos de los grandes problemas sociales de nuestros tiempos.

Esta realidad que nombrás: ¿la habías notado antes como feminista o la notaste luego de ser mamá? 

Antes de quedar embarazada nunca me había planteado ninguna reflexión sobre la maternidad desde el feminismo. Eso me llevó a escribir de este tema, justamente. Me replanteé el hecho de pensar cómo podía ser que yo, como feminista, nunca hubiese hablado de la maternidad en clave de derechos.

Me di cuenta que siempre se había vinculado la maternidad en mi entorno feminista como algo patriarcal, que no nos pertenecía y cuando me convertí en madre constaté este vacío del feminismo en relación a la maternidad. Por eso pensé que era necesario plantear una reflexión de la maternidad en clave feminista. Entiendo por qué no se habló de la maternidad en estos términos antes pero ya es hora de hacerlo.

¿Por qué no se habló antes de la maternidad en estos términos?

La relación entre maternidad y feminismo es compleja y se explica por el secuestro que el patriarcado ha hecho de la experiencia materna en clave reaccionaria y de imposición.

En ese sentido y contra este mandato de ser madre fue que se revelaron las feministas de los años 60 y 70. Y gracias a ellas hoy una nueva generación de mujeres podemos decidir si ser madres o no. Por supuesto que era necesaria esa ruptura con la maternidad patriarcal, pero en ese revelarse se cayó, un poco, en un discurso anti-reproductivo que se entiende en ese contexto pero que ya es un debate a superar.

En la actualidad hay una nueva generación de mujeres madres feministas, que pudimos elegir o no ser madres gracias a las luchas de nuestras antecesoras. Esto nos hace pensar que ya es hora de mirar a la maternidad sin prejuicios y hablar de una maternidad libremente elegida, que debe estar dotada de derechos.

Hablemos de esos derechos: ¿cuáles son, hoy en día, los que crees que hay que conquistar? 

Yo creo que lo primero que hay que hacer es sacar a la maternidad del espacio privado al público: visibilizar la experiencia materna y señalar que es una responsabilidad colectiva. 

En esta sociedad machista y patriarcal se considera que la responsabilidad es de la mujer madre, cuidadora por naturaleza. Pero la capacidad de cuidar, de maternar y de criar la tenemos tanto mujeres como hombres, y debe ser una responsabilidad colectiva, también a nivel social.

Al mismo tiempo, el hecho de que la maternidad sea tan poco valorada y tan invisible hace que a menudo esté rodeada de silencios y de vulneración de derechos y desigualdades. Y eso es lo que hay que cambiar.

Entonces, una vez que la maternidad está en el espacio público y la lucha es colectiva: ¿por qué temas hay que luchar?

Creo que es importante luchar por el derecho al parto respetado, acabar con la violencia obstétrica, pedir licencias de maternidad más amplias que las actuales (piensa que las actuales son incompatibles con la maternidad y con el post-parto), exigir una lactancia materna satisfactoria y terminar con la desigualdad laboral a las madres. Eso por nombrarte algo para empezar. 

¿Hay más?

Claro que hay más. Creo que desde el feminismo también hay que hablar de la maternidad real y denunciar la romantización de una experiencia materna ideal. Y hay que hablar, por supuesto, de los problemas de fertilidad, de los dolores de un aborto involutario, de la depresión post-parto. Hay muchos frentes abiertos para poder tener una maternidad libre, deseada, no impuesta y no violentada. 

 

Pues hablemos de algunos de ellos. Recién nombraste los defectos de la licencia por maternidad. 

Claro, es necesario ampliar las licencias de maternidad para que sean compatibles con el post-parto y la lactancia materna. Y ampliar, además, las licencias de paternidad, para que los padres puedan implicarse en la crianza.

Maternar en esta sociedad es muy difícil porque da la espalda a la experiencia materna y a sus ritmos y eso queda demasiado claro con las licencias de hoy en día. Ninguna mujer puede volver tan rápido al trabajo, como si no cambiara todo luego de tener un hijo.

Estas licencias se adaptan a las necesidades del capital, no de la madre y el bebé. Pero esto también lo vemos en otros lugares, como el negocio del biberón por parte de las grandes empresas (este tema lo abordo en mi libro) o a la hora de atender al parto. Todo responde al capital. 

Cuéntame un poco de esto.

El parto, hoy en día, responde a dinámicas productivistas. Asistimos a una epidemia de cesáreas en América Latina (1 de cada 2 nacimientos son cesáreas), porque una cesárea responde a los intereses del sistema sanitario y no a los intereses o al cuerpo de la mamá.

La cesárea vale más dinero que el parto vaginal. Sabes cuándo empieza y cuándo termina y otra serie de motivos que hace que “rinda más”. Hoy en día todo se adapta al sistema capitalista. También pasa con las técnicas de reproducción asistida, en donde la mujer tiene poco que decir y todo queda en manos de grandes empresas que han convertido la reproducción humana en un negocio. 

Las técnicas de reproducción asistida son un instrumento para lograr -quizás- un embarazo, pero no son la solución a los problemas de fertilidad, que mucho tienen que ver con problemas socio ambientales, económicos y con la sociedad, que nos obliga a posponer la maternidad hasta una estabilidad económica y laboral que nunca parece llegar. 

En el libro hablás de esta dicotomía y muchas veces dijiste que, en este sistema, cuando una se plantea ser madre (porque ya tiene cierta estabilidad) quizás el cuerpo no acompaña y hay que recurrir a técnicas carísimas para poder embarazarse. En este caso, ¿termina siendo madre quien lo puede pagar? 

Yo creo que cuando el Estado no garantiza los derechos (ser madre por elección, derecho al parto respetado, por nombrar algunos nomás) esos derechos se convierten en privilegio de clase. Por eso es tan importante que el feminismo tome estos reclamos. Que sea colectivo hablar de maternidad.

Así como luchamos por ser madres por elección y por el derecho al aborto, yo creo que es desde el feminismo desde donde hay que poner sobre la mesa las luces y sombras de la maternidad y reivindicar los derechos de las maternidades. Por eso escribí el libro: para hablar, en clave feminista, de la maternidad.

Esther, tu libro ya lleva 11 ediciones y se publicó en Argentina, Chile, Colombia, Bolivia, México y más. Todas las portadas son distintas: ¿a qué va esta decisión? 

El libro Mamá desobediente ha salido publicado en España y con distintas ediciones nacionales en América Latina. Ha salido con una edición en Argentina y Uruguay, con otra en Colombia, con otra edición en Chile, otra en Bolivia, otra en México, otra en Puerto Rico, otra en Brasil y en Perú. La portada, en cada país, es distinta y está a cargo de una ilustradora nacional. Pensamos que esto era una manera de acercar el libro a la realidad de cada país y, de hecho, cada edición tiene un prólogo especial. 

En la edición argentino-uruguaya la ilustradora le colocó a la madre de la tapa un pañuelo verde, del aborto. Me pareció una decisión muy acertada que hablaba de una lucha muy actual. 

Una de las cosas por las cuales me gustó escribir este libro y sus prólogos fue porque, entre todo lo que aprendí, también me hizo conocer cómo es, en cada país, la experiencia de maternar.

Ilustración de portada: Alma Ríos

Portadas de Mamá Desobediente por país (clic para ampliar):

Flavia Fiorio

Flavia Fiorio

Argentina, 1993. Le gusta contar historias en 20 mil caracteres, no en 180. Trabajó en Política Argentina, El Destape y colaboró en medios como Cosecha Roja. Es fanática de los perfiles. Disfruta ir por la vida buscando personajes curiosos, particulares, a los que ella llama “esos que parecen salidos de un cuento de García Márquez”.

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