Desde el 28 de abril, colombianos se han manifestado en las plazas. Ahora, desde el arte, dos municipios de la costa caribeña se manifestaron. 


 

Texto y recursos audiovisuales: Laura Valentina Cortés Sierra y Vanessa Sarmiento


Desde el 28 de abril, colombianos y extranjeros habitantes en Colombia se han manifestado en las plazas y calles reclamando no sólo el retiro de una reforma tributaria desfavorecedora para los sectores de menos recursos, sino un cambio estructural de parte del gobierno. Dos municipios de la costa caribe Palomino en La Guajira y Santa Marta en el Magdalena, protestaron de manera pacìfica entre arte, sudor y sal.

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PALOMINO

Con sus playas azules, su cercanía a la sierra nevada de Santa Marta y emblemático punto de convergencia entre el río y el mar, Palomino es uno de los destinos favoritos para nacionales y extranjeros que viajan por Colombia. Desde la playa de la carrera sexta, uno de los puntos de encuentro de la marcha se alcanzaba a escuchar el sonido de las fuertes olas que se mezclaba con el bullicio de la gente ansiosa por comenzar a protestar. Tras más de una semana de manifestaciones en el país, a través de grupos de compra y venta en redes sociales, habitantes de Palomino se pusieron  de acuerdo para manifestarse. A aquella concentración no solo asistieron palomineros, sino también personas de diferentes regiones, etnicidades e incluso nacionalidades. Todos sostenían banderas de Colombia y afiches de protesta.

Muchas personas llegan a este pueblo de menos de 4,000 habitantes con la idea de quedarse unas pocas noches. Sin embargo, quedan tan enamorados de la selva tropical que se abraza al intenso mar, del calor de los locales y la aparente “tranquilidad” con que se vive allí, que postergan su salida, hasta que los meses se vuelven años. Esto es lo que le sucedió a Martín, argentino de nacimiento, quien ya lleva siete años en Palomino y salió a marchar, pintar y tocar en las muestras artísticas del 7 de mayo de 2021. 

Al preguntarle los motivos por los cuales marchaba, respondió: “Salgo porque las desigualdades en Latinoamérica son similares, los gobiernos neoliberales toman las mismas medidas que nos afectan a todos por igual. Y yo ahora estoy viviendo acá, así que para mí es importantísimo un acceso a la comida, a la educación y a la salud más accesible o pública en el mejor de los casos”. 

La marcha comenzó con dirección a la Transversal del Caribe, una de las principales vías de Colombia, pues fue planeada para unir las poblaciones de Turbo (Antioquia), cerca de la frontera con Panamá, y Paraguachón (La Guajira), en la frontera con Venezuela. En el recorrido entre estos dos puntos, fueron evidentes varios de los problemas por los que salía a marchar la gente, como lo son la falta de alcantarillado y de mejores vías. Las fuertes lluvias habían convertido en un desfile de pequeños lagos de agua estancada la calle principal de acceso a la playa, y los profundos charcos no dejaban ningún espacio para pasar sin salpicarse. Aunque con los pies embarrados, los carteles en alto expresaban claro los muchos descontentos sociales: “Guajira en abandono estatal”, “Palomino presente por una vida digna, ningún muerto es bueno. Garantías para nuestros derechos fundamentales”.  

Aunque los marchantes sonreían entre el sonido de los tambores y algunas arengas en apoyo al paro, los reclamos urgentes eran claros. Como cuenta Alejandra Caviedes, integrante del comité cívico de Palomino, “como pueblo tenemos nuestras propias necesidades, como luz y energía que sean garantizadas y con mejor servicio; agua, porque no tenemos acueducto ni alcantarillado y el puesto de salud que todavía estamos esperando a que nos lo entreguen”.

Por encima de los charcos pasamos como uno solo con nuestros carteles de “Latinoamérica unida”, “#SOS Colombia” y “No más olvido para la Guajira”, pero algunos eran más explícitos respecto a las necesidades que tienen como pueblo, y una de las peticiones más comunes fue la implementación del acuerdo de paz y la erradicación de la violencia. 

Los letreros de “Superemos tantos años de violencia”, “+ Libros – armas” y “No elegí ser maestra para ver morir a mis estudiantes”, hacían referencia al conflicto armado que por tantos años ha azotado el país y que particularmente se ha vivido en los pueblos y zonas rurales, regiones más lejanas a las capitales y descuidadas por el estado. La violencia sigue afectando, hasta el dìa de hoy, la cotidianidad de las personas que viven en la zona aledaña a la Sierra Nevada de Santa Marta, pues este ambiente selvático, lleno de recursos naturales, con acceso al mar y poca presencia estatal, ha favorecido que los grupos al margen de la ley sigan manteniendo control sobre el territorio. 

Otras dos multitudes, que habían salido de distintos barrios, se unían para detener el paso de los vehículos en la troncal, mientras proclamaban con gritos y música su apoyo al paro nacional. Los discursos de unión no se hacían esperar: “Esta tarde salimos de tres puntos diferentes del pueblo y nos unimos en la troncal para demostrar que, aunque todos pensemos diferente y vengamos de diferentes lugares, si nos unimos podemos ser uno solo”, dijo uno de los líderes de la comunidad que aprovechó el micrófono abierto para inspirar a los presentes. 

Las personas de enfrente nos iban guiando hacia la cancha de un parque, frente a la estación de policía, donde ondeaban banderas de Colombia y se escuchaba música tradicional. Allí se escuchaban cantos, gritos y debates sobre la situación nacional. Una extranjera enamorada de Colombia, que ahora enseña yoga en el pueblo, era el centro de atención con sus acrobacias. Los afiches colgados con consignas como “No más violencia” adornaban esta manifestación cultural. Bailes grupales y discursos llamaban a la reflexión sobre todas las problemáticas del país, pero también llenaban de esperanza hacia adelante. Al respecto se pronunció Juan Labata, estudiante e indígena de la comunidad Kogui de la Sierra Nevada: “Si yo digo que quiero un mejor futuro, hablo de igualdad en todo; socioeconómica, en la educación, en la salud”.

En todo el departamento se vivieron movilizaciones. Desde Riohacha, la comunicadora Wayuu y fundadora del proyecto Wayuuando Films, Ediana Montiel, contaba que las marchas habían sido convocadas especialmente por estudiantes de Uniguajira, en solidaridad contra la violencia estatal y los cambios necesarios para el departamento y el país. A la convocatoria se sumaron grupos sindicales de profesores, del sector energético y comunidades indìgenas. 

Ediana resaltó la situación de las violencia de género: “las mujeres marcharon contra los feminicidios las mujeres Wayuu. En los últimos cuatro meses ha habido unos siete. Siete mujeres de las cuales una era menor de edad y fue violentada sexualmente y asesinada. No hay avances en las investigaciones, no hay un enfoque diferencial cuando se trata de mujeres indìgenas, no hay estadísticas”. Las manifestaciones en la capital del departamento se destacaron por un ambiente de paz y cultura en defensa de los derechos humanos. Al son de danzas variadas, intervenciones artísticas y muralismo, La Guajira se sigue manifestando por sus derechos y la única guerra que quiere es una guerra de rap. 

Desde el más pequeño hasta el más viejo participó de alguna manera. Alejandra, estudiante de colegio, oriunda de Palomino, decía con emoción, con su cara totalmente pintada de amarillo, azul y rojo, “que Duque se vaya porque él no está sirviendo para nada, yo como muchos queremos que todos estemos en paz, que todo sea chévere, los niños somos el futuro”. Los manifestantes incluso llamaron a la participación ciudadana a través de un buzón de sugerencias instalado en la mitad de la cancha, donde cualquiera podía escribir su propuesta para una mejor Colombia. 

El atardecer cayó en este pueblo que trata por igual a nativos y foráneos, y se respiraba un aire de esperanza en medio de tanto caos, pues se sentía que estábamos todos unidos luchando por un mejor municipio, por un mejor país, porque como ellos mismos lo dijeron: “Al final Colombia y Palomino somos uno”.

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SANTA MARTA

El 13 de mayo, cientos de personas, en su mayoría jóvenes, se reunieron en el parque Bolívar de Santa Marta Colombia, para hacer un plantón artístico en apoyo al Paro Nacional. Se respiraba arte y resistencia con performances que se turnaban en el agobiante calor de la tarde samaria. 

Al ritmo de soukous, champeta y hip hop iban saltando al tapete en medio del círculo improvisando, y mezclando bailes regionales y ritmos urbanos, jóvenes bailarines. Breakdancers, champetúos(as) y porristas se peleaban la atención en un despliegue de talento. 

Como lo resaltaba el vocero de  la Asociación de Educadores del Distrito de Santa Marta: “Siempre se le ha exigido al gobierno y al ministerio de educación que no puede ser que se están cercenando, sobretodo, en nuestra región caribeña, el arte, la cultura, las artes plásticas y la música, porque eso va inherente en nuestra sangre y en nuestros genes como verdaderos caribeños de toda Colombia”. 

Fuerte y emotivo continuaba el vocero. “Hoy la juventud samaria y magdalenense ha convertido el parque de Bolívar en un laboratorio en donde hay un despliegue de folclore, de música, de cultura, y en ese sentido vamos a exigir que verdaderamente se le dé la importancia a esta asignatura de artes plástica y de música en todas las escuelas colombianas para que se quede la asignatura de Lucas Villa”. La multitud estallaba de nuevo, recordando al estudiante de Ciencias del Deporte en Pereira recientemente asesinado, un joven alegre que iba por la vida y por la marcha bailando, y había salido a protestar repitiendo: “Nos están matando”.

Retumbaba un “a bailar para avanzar, viva el Paro nacional, a parar para avanzar, viva el Paro nacional” y la estudiante anfitriona del evento insistía cada cinco minutos en la importancia de las mascarillas y el distanciamiento: “Necesitamos bastante espacio para que se pueda dar la presentación, recordemos la coyuntura covid”. Nadie se quería perder el espectáculo. 

De pronto, la música alegre y las batallas de baile se pausaron, era la hora del teatro. Un joven con torso desnudo y una bandera amarrada tenía escrito en el pecho “Lucas vive”, sus brazos abiertos y su mirada de desesperación transmitían ese “SOS Colombia” que nos reunía a tantos en el parque. Una melodía melancólica y aterradora se apoderaba de la atención y tanto él como dos mujeres vestidas de blanco con los ojos tapados con un pañuelo eran abatidos por ráfagas de pintura de los colores de la bandera. Se iban desplomando uno por uno y el blanco se volvía sangre, y la piel se fracturaba pintándose de amarillo ,azul y escarlata. Arrodillado, sin fuerzas y a los pies del encapuchado agresor, se veía en la espalda del joven el mensaje alusivo a los asesinatos en Colombia “NO MÁS”. 

Redes de artistas, sindicatos, fundaciones y centros culturales se habían unido en el plantón. Ahora era el turno de la orquesta de la corporación musical de Santa Marta. Saxofones, trompetas y una gigantesca tuba musicalizaban la tarde con los coros de la multitud entonando “Colombia tierra querida, himno de fe y alegría”. Después de la presentación, Yeison Díaz, director de la banda y de la fundación El hombre y la tierra, me contó: “Nos estamos manifestando porque en Colombia obviamente es muy difícil hacer cultura. No hay presupuesto, hay presupuesto para otras cosas diferentes que son menos importantes, como la guerra. No apoyan este tipo de actividades que son para los jóvenes y que construyen paz en vez de hacer una cultura de guerra. No a la Reforma tributaria, no a la Reforma a la salud, no a lo que quieren hacer con el país. Que viva el Paro nacional”.

 

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Cuando pensaba que  la gente se cansaría y se iría empezó la coreografía de 2F Estudio. Una academia de baile coordinada por Farina Fernández, donde enseñan pole dance, hip hop, baile urbano, champeta y zumba, entre otros. Farina me explicaba sus razones para marchar, mientras se preparaba para bailar: “El sector artístico y cultural en la ciudad se encuentra muy deteriorado desde que empezó la pandemia y ha sido un atropello bastante notable a nivel cultural y laboral, para todas las personas que componen el gremio en la ciudad. Por eso estamos aquí manifestando para que nos permitan seguir laborando a través de nuestro arte y seguir haciendo cultura para todos”.

La coreografía empezaba con pasos sincronizados y modernos para, de repente, empezar a bailar al ritmo de la conocida canción italiana de resistencia “Bella Ciao”;los asistentes reemplazaban la letra original con: “Hermanos vamos a la lucha por un próspero país, si tu gobierno sigue matando a Duque chao, Duque chao, Duque chao, chao, chao”. La coreografía continuaba integrando pasos de reguetón, entre otros ritmos urbanos hasta que los pasos rápidos e impresionantes de jóvenes, niñas y niños se vieron interrumpidos cuando uno de los bailarines se volteó y actuó como si les dispararan por turnos. Todos cayeron al sueño, en ese momento me sentí sobrecogida. Poco a poco se levantaron y al ritmo del himno nacional volvieron a bailar, gritando emocionados: “Nunca para la guerra”, entre humos de colores amarillo, azul y rojo. 

Después de semejante espectáculo uno de los bailarines, Luis Carlos Pineda, también  estudiante de Derecho, me contó por qué marchaba:“Estamos aquí por las ilusiones que nos hizo Duque hace tres años, prometió la universidad gratuita y hasta el momento no lo ha hecho”, dijo mientras sostenía un letrero que decía “Se metieron con la generación que danza en un país que no apoya el arte”.  

En la presentación de 2F no solo se ondeaban banderas de Colombia, también banderas con el representativo arcoiris de la comunidad LGBTIQ+. Este plantón se sentía como un espacio libre e inclusivo en el que el talento y la actitud de paz eran lo único importante. Adriana Dávila Gutierrez, artista trans, realizaba ahora su stand-up comedy burlándose de los sesgos de medios colombianos como RCN e imitaba, con su voz versátil, a cantantes como Alejandra Guzmán.

La cantante manifestó que se había unido al plantón artístico porque “la comunidad LGBTIQ+ también está sufriendo y está padeciendo los males, no solamente de la pandemia, porque muchxs trabajamos en el sector informal, sino también por las medidas que está tomando el gobierno. Es hora de tomar consciencia, es hora de bajar las armas, es hora de tomarnos en cuenta y tener más empatía hacia los jóvenes en Colombia”.

Respecto al papel de las juventudes en el Paro Nacional Adriana manifestó: “Deben escucharnos porque estamos haciendo que este cambio se lidere de forma pacìfica”. Finalmente, como crítica a los medios de comunicación señaló que muchos estaban parcializados, “muchos están mostrando una imagen de Colombia que no es lo que se está viviendo en este momento”.

“En frente de la alcaldía, revolución de noche y de día“, se iba apagando el cielo con la energía aún palpitando en el parque Bolívar. Los raperos y hiphoperos compartían escenario con mensajes sin censura. “A la mierda el ESMAD, te lo digo con autoridad, se lo digo con sinceridad. Esque esta lírica sí es sincera, amarillo azul y rojo es mi bandera”.  Cada vez más gente se unía a esta fiesta por el cambio, bailando sin pena y con sabor caribeño. 

Si algo me quedaba más claro que nunca, mientras corría al aeropuerto para volar a Bogotá, es que este movimiento más que pararnos o detenernos, nos estaba despertando como colombianos en cada región. Como una ola incontenible que busca el cambio y que nace del más legítimo deseo de una vida digna y sin violencias para todos y todas. Una ola que quiere lavar tantos ríos de la sangre de sus muertos y construir desde el arte, la memoria, la educación y la unión, una Colombia en la que se pueda soñar, bailar, protestar y cambiar. Mientras me alejaba del calor, del roce de la brisa marina y del ruido de la marcha, pensaba en lo que me había dicho uno de los freestylers después de improvisar: “Es la única forma de hacer paz, haciendo arte”.

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