En abril de 2017, Micaela García  fue violada y asesinada en la ciudad portuaria argentina de Gualeguay, en Entre Ríos. Andrea Lescano, su madre, recibió el golpe más duro de su vida allí. Para honrar la memoria de su hija, creó la Fundación Micaela García “La Negra”, que ayuda a organizar proyectos en comedores, instituciones barriales y comunidades. Además, como feminista, pregona la prevención, asistencia y colaboración con los “hijes”. 


 

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Es primero de marzo de 2021, un día agitado en Buenos Aires, Argentina. Acaba de publicarse el libro “Ley Micaela”. El teléfono de Andrea Lescano no para de sonar. Un ejemplar amaneció en el puesto de cada legislador y legisladora que presenció el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso del presidente Alberto Fernández. El material busca sensibilizar en materia de género y servir de referencia para aquellos y aquellas que integran alguno de los tres poderes del Estado. Detrás o al lado de todo ello, Andrea Lescano, una madre a quien le arrebataron su hija, pero no la fuerza y la energía. 

En abril de 2017, Micaela García (21) fue violada y asesinada en la ciudad portuaria de Gualeguay, en Entre Ríos. Había emigrado allí porque era la única ciudad de la zona en la que podía cursar un profesorado en Educación Física con orientación social, no focalizado en el deporte de alto rendimiento. Andrea recibió el golpe más duro de su vida allí, con el feminicidio de su hija. Para honrar su memoria, decidió levantar la bandera que flameaba Mica. 

La joven pasaba los fines de semana militando junto al Movimiento Evita, que lucha contra la violencia de género y ayuda a niños de barrios bajos en merenderos y escuelitas de deporte. Hoy, la Fundación Micaela García “La Negra” ayuda a organizar proyectos en comedores, instituciones barriales y comunidades. Además, organiza la Feria de la Mujer Trabajadora, donde las mujeres pueden vender sus productos y alcanzar la independencia económica. 

A los tres días del feminicidio de Mica, Andrea -cabello oscuro, gafas cuadradas de marco negro- organizó un abrazo de despedida y se presentó a trabajar. Sobre esa decisión, se pregunta: “Siempre me critican, que fui una desalmada. ¿Quién te puede decir que sos mala madre por cómo despedís a tu hija? ¿Quién dice que tengo que estar llorando y vestida de negro? Acciono para que a nadie más le pase”. 

Aunque actualmente no ejerce, Andrea se licenció en mayo de 2017 en Seguridad e Higiene. Ni ella misma recuerda cómo rindió el examen. En ese momento había perdido la memoria a corto plazo: comenzaba una oración y no podía terminarla. Después de tener consultas con varios especialistas, reparó en que en Colón, su pueblito, había un terapeuta dedicado a grandes traumas. A su lado, logró comprender ciertas cosas, aunque no todo. “En mi mente está la pregunta de cuánto sufrió mi hija, eso no lo puedo erradicar y no entiendo cómo una persona puede disfrutar haciendo que alguien sufra”, explica con su voz clara y suave. 

Junto con su recuperación, empezó a dar talleres de capacitación en género e hizo un profesorado en Disciplinas Industriales. Con una foto junto a su hija como perfil de whatsapp, analiza su recorrido como activista y dice: “Si no hubiera pasado lo de Mica, no hubiera hecho el profesorado. No sé cómo, pero voy rearmándome. Soy muy familiera y esto me demanda más tiempo del que tenía disponible. Sin embargo, si el finde mis hijos juegan al voley, voy y no existo para nadie”. 

Colón, donde vive junto a su familia, es un pueblito de Entre Ríos que ronda los 30 mil habitantes. “El área de la mujer y la violencia de género está a cargo de la Iglesia. No se está actuando y hasta se está desmantelando el hogar transitorio que había dos años atrás”, lamenta Andrea, quien recuerda un feminicidio ocurrido en el 2020. Debido a que la información sobre violencia de género aportada por las diferentes ONGs y observatorios es tan difusa, la militancia de Andrea se mantiene lejos de los conteos. En cambio, pregona la prevención, asistencia y colaboración con los “hijes”. 

Convertirse en una persona pública por la militancia que empezó a practicar luego del feminicidio de su hija, fue un desafío inesperado que por momentos la incomoda. Recibe muchos pedidos provenientes de su activismo y aún no aprende decir que no. Vivir en un pueblo muy pequeño del interior afecta su situación.

“Acá todo se maneja a través del boca a boca, hay pocos diarios”, dice. “Es todo muy casero y simple. Todos nos conocemos y eso influye negativamente porque nadie es profeta en su tierra. Me convocan para hacer talleres en toda Argentina pero en Colón no podemos participar. Creen que no tenemos el saber y solo nos llaman cuando sirve políticamente. Hay que traspasar el conocimiento con el otre. El saber no lo tiene el Estado, si no no sucederían estos acontecimientos todos los días”.

Ahora, cuando mira hacia atrás, se da cuenta de que hacía feminismo desde antes sin notarlo, incluso en un ambiente tan machista como es el de Seguridad e Higiene, porque “buscaba alternativas” y se hacía respetar. Hoy, con la Fundación, apunta a prácticas cotidianas y no a la teoría, porque incluso a ella le cuesta cambiar algunas costumbres arraigadas. 

Sus objetivos los va proyectando y cumpliendo a medida que avanza. Sobre Mica, piensa: “Sé que no me quedó nada pendiente. La acompañé en todo lo que pude. Y ahora lo hago con mis otros hijos. Uno tuvo depresión, otro se fue a vivir a Buenos Aires”. 

Cuando le preguntan cómo puede hacer feminismo siendo una ciudadana común, responde: “Me identifico como ama de casa y mamá, después puedo hacer lo que quiera. Mica me decía que hay que hacer bien lo que me corresponde en mi entorno, la suma de esas cositas. No pretendamos un gran cambio, solo hagamos y hagamos bien”

 

Imagen de portada: Rocío Rojas (Perú).

Camila Barreiro

Camila Barreiro

Argentina (1993). Periodista y estudiante de Comunicación Social. Trabaja en elMinisterio de Educación de Buenos Aires y colabora en revistas escribiendo sobre tecnología, gastronomía y cultura. Feminista, intento de vegetariana e incursionista en el cuidado del medio ambiente. Leer y ver películas, le salva. Descubrió en Instagram, un lugar para contar.

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