#EntrevistasLATAM, conversaciones a partir de 10 preguntas con personas que están transformando la región.


Texto: Georgina González
Ilustración: Alma Ríos

El 26 de septiembre de 2016 el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) firmaron un acuerdo de paz con el objetivo de poner fin a más de cinco décadas de guerra. Se hicieron promesas. Una que generó mayor motivación para el desarme fue impulsar el desarrollo del campo, lugar donde se libró la mayor parte del conflicto, sin embargo, poco ha cambiado.

Según el informe Basta Ya del Grupo de Memoria Histórica la guerra civil durante el periodo de 1958 a 2012 provocó la muerte de al menos 222 mil personas. De enero de 2018 al 30 de abril de 2019 han asesinado a 317 líderes sociales. La población indígena es una de las más vulnerables, en ese mismo periodo a 74 líderes comunitarios les arrebataron la vida.

Lucas Rodríguez (Boyacá, Colombia) tiene 30 años y es maestro en artes visuales, con su cámara documenta la ruralidad colombiana a partir de vínculos generados por el diálogo, el caminar, el escuchar, el silencio y sus cinco sentidos para conectar con el espacio y las personas que habitan el campo.

Para Lucas el campo y su gente no proveé proyectos fotográficos sino procesos de intercambio de saberes que mutan en la visibilización del reconocimiento territorial, sus riquezas y problemáticas, en dispositivos de cooperación social y en adaptaciones de disciplinas como: la antropología, cartografía, el periodismo alternativo, el saber campesino y la pedagogía popular que terminan por nutrir un proceso artístico.

Lucas habló con Distintas Latitudes sobre cómo recorre el campo y conversa con su gente para intentar acercar, por medio de sus fotografías, videos y murales, la ruralidad de Colombia y de otras partes de América Latina.

 

¿En qué comunidades has trabajado?

La mayor parte de mi trabajo hasta el momento ha sido en Colombia, compartiendo experiencias en 13 regiones del país, todas muy distintas; conociendo a través de esa diversidad muchas formas de ver, de pensar. Ha sido un trabajo enteramente vivencial que tiene ritmo propio y formas de relacionarse con las personas que vivo y los lugares que camino. A través de ese compartir pretendo aportar a nutrir la visión de la realidad y las problemáticas de la región a la que pertenezco, la región andina de Boyacá, una zona culturalmente importante por su fuerza campesina y paisajes montañosos.

También he tenido la oportunidad de estar en algunos lugares de México, Bolivia, Perú, Brasil y Chile.

¿Qué es la comunidad para ti?

Para mí la comunidad es pensamiento, formas de ver, estar, resistir, hacer, hablar, comer, sufrir, reír… la comunidad es colectivo e individuo al mismo tiempo y uno aprende a valorar cada detallito, cada palabra, cada silencio como un regalo de esas comunidades.

¿Qué fotógrafos/as son referentes para tu trabajo?

Hay uno en particular que me marca mucho la forma de ver, el peruano Martín Chambi, me siento muy cercano a su forma de hacer, desde el paisaje y la vivencia.

También está Leo Matiz, Luis Benito Ramos, Jesús Abad Colorado, Juan Rulfo, Flor Garduño, Graciela Iturbide, Ansel Adams, Edward Weston, Cartier Bresson, Joel Peter Witkin, Richard Avedon, y creo que hay muchos, me gusta siempre estar buscando referentes, es importante para encender la mirada.

También hay un referente al que vuelvo mucho todo el tiempo, me gusta escuchar, leer, y es una mujer que teje mundos y formas de ver, la maestra boliviana, Silvia Rivera Cusicanqui, ella para mí es un referente que está vinculado a muchísimas formas de hacer.

¿Cuáles fueron y son tus inquietudes por trabajar en entornos rurales?

Crecí en un entorno rural, Boyacá. Al igual que casi todo el país es una zona mayormente rural. Todos mis abuelos y abuelas trabajaron la tierra, trabajaron su terruñito, eran montañeros, parameros (persona nativa de los páramos andinos), laguneros, y la generación de mis padres fue la que comenzó a estar entre la ciudad y el campo.

Toda mi infancia fui muy cercano al campo por esa razón. Mi papá es uno de los pocos de la familia que aprendió a trabajar la tierra y toda su cadena productiva, él es todero (persona que aprende algo de manera empírica) y eso me marcó mucho, la cercanía de encontrar el sustento en la siembra. Recuerdo una época que hubiera o no para contratar trabajadores, hacíamos el trabajo en familia, eran canastadas (lo que cabe en una canasta) de brócoli lo que vendíamos.

Esa época me enseñó a valorar mucho a los y las campesinas. Entendí la fuerza tan grande que se debe tener para serlo, para vivir de lo que da la tierra, la sabiduría tan particular que da esa forma de vida, y las dificultades tan grandes, a veces luego de mucho esmero y meses de trabajo solo da pérdidas.

¿Cómo se vincula la fotografía con los territorios/con las personas?

En mi opinión en un país tan fracturado como Colombia la fotografía se relaciona con los territorios como una forma de reconstrucción de un vínculo, se debe hacer pensando en el otro, aunque cada quien vera como la relaciona, pero para mi es un dispositivo vivencial, territorial, un generador de experiencias, que es lo  que tanta falta le hace al que desconocen otras realidades, y a los que las ven, a quienes las reciben, pues, se esperaría que acercar esas vivencias mediante una foto alimente su cotidiano un poco, pero pues en esta época la imágenes están más hechas para olvidar o atraer el bolsillo que para dar un significado colectivo sobre la vida.

¿Cuáles son las problemáticas más urgentes que has visto en el campo y en dónde están pasando?

Hay una desconexión total entre todas las formas de institución y la vida real, cada ley que se crea, cada regla que impone el mercado, cada dogma instalado, cada escalón suele ir en detrimento del que se vive en el campo, cada vez la tiene más difícil. Me decía un amigo algo así, “… es como una cancha de futbol inclinada, y a los campesinos les toca patear la pelota desde abajo y cuesta arriba, en las ciudades están en la parte alta de la cancha pateando hacia abajo”.  

El campo ha sufrido todas las formas de violencia posibles, la inestabilidad se volvió tan cotidiana que es normal vivir empobrecidos, el Estado perdió cualquier tipo de legitimidad, las nueva generaciones se quieren ir, y las formas de economía extractiva pasan por sobre toda lógica de vida… el futuro se ve muy oscuro, el campo se está quedando solo, a veces pareciera que ser campesino es ilegal.

¿El territorio juega un papel importante para entender la lógica de vida de los pueblos?

Pues el término territorio tiene varias formas de interpretación, en mi proceso el concepto, la idea o el sentir de esa palabra es muy importante porque en mi manera de entenderlo el territorio es un todo, un entramado de relaciones entre lo humano y lo no humano, y estas relaciones, en parte, las he aprendido a mi manera caminando, con la cabeza en los pies, ese andar crea un diálogo con esos lugares, pero también el territorio se construye mediante la palabra y el silencio, trabajando la tierra, criando animales, pescando, cocinando, cantando, atravesando el río, observando, sintiendo el frío y el calor, observando la laguna, y abriéndose a las formas en las que la gente se relaciona con sus lugares.

Digamos el cazador conoce sumamente bien su entorno; el minero entiende los ciclos geológicos y el lenguaje de la tierra y el agua; el pescador de río sabe a dónde ir a poner la línea, entiende los cambios y su corriente; el de mar sabe los vientos y mareas; el que sabe la selva se adentra y sabe leerla, donde uno ve hojas, el de la selva ve ranas, insectos serpientes y de todo; el del desierto sabe leer las marcas en la arena; el de la montaña sabe en qué época cortar qué árboles, o recoger qué semillas; el del páramo sabe cual es el comportamiento de los sitios.

En cada lugar la cocina sintetiza muchas de esas relaciones, creo, y así en cada lugar, también de las comunidades se aprende que cada elemento o cada lugar tiene sus dueños, sus seres a los que se les debe respetar y agradecer,  y uno va interiorizando todo ese aprendizaje y con el tiempo la cámara se vuelve parte de esa dinámica y una herramienta de representación colectiva en la que el territorio dicta el guión y enseña el encuadre, el territorio termina enseñando diversos aspectos de lo audiovisual, de la misma manera el territorio construye junto a cada comunidad y se vincula a en sus vivencias, realidades y formas de existir. Territorio es una palabra muy interesante.

¿Cuál ha sido tu experiencia más hermosa -hasta ahora- en el campo?

Casi siempre hay un momento donde uno se da cuenta que la gente ya ni está pendiente de la cámara o de uno, y  también deja de ser importante tomar fotos y comienza la convivencia, ese cotidiano deja muchas experiencias, cuando eso pasa se siente otra vaina (cosa).

¿Qué enseñanzas aprendidas en el campo llevas a tu vida cotidiana?

Tener paciencia, escuchar, tomarse a los niños muy en serio, recibir lo que le den, ser prudente, a veces paranoico, vivir el día, dejar ir el tiempo no es malo, que todo suma, siempre saludar, buscar puntos de referencia en el paisaje, hacer la charla, perdonar, y así… son vainas (cosas) que toca estar recordando en la vida cotidiana para crecer como persona, es complejo, pero con el tiempo se va entendiendo todo eso que se aprende.

Cuando no estás en el campo, ¿qué haces, en dónde estás?

Ya perdí un poco la noción de no estar en campo porque el corazón y el pensamiento siempre están de alguna manera en el campo, entonces creo que con el tiempo uno no deja de estar allí.

¿Cuál es tu ritmo musical favorito?

El rap.

¿Qué es caminar para ti?

Es el motor. Lo que entra por los pies sale por la cámara.

¿Te gustan tus manos? ¿Por qué?

Creo que sí. Uno aprende mucho de las manos. ‘’La mano sabe” escuché una vez en Bolivia.