Imagen: Wikimedia Commons

Nicholas Peters nació en un país de apenas 800 mil habitantes. Un lugar que reconocemos más como parte de ese punto gris en los mapas del continente americano, que por su propio nombre. Está en América del Sur y limita con Venezuela, pero técnicamente no es América Latina. Aislado en el continente, Guyana se identifica mucho más con el Caribe de habla inglesa, por obvias razones lingüísticas, pero también porque la relación con su vecino de habla hispana no es la mejor: Caracas demanda casi la mitad del país como parte de su territorio.

En ese pequeño país la homosexualidad todavía es ilegal y la expresión de identidades trans recién acaba de salir de un limbo jurídico. Pese a ello, buena parte del movimiento LGBTI+ es optimista sobre el futuro. El país entero está esperanzado con la promesa de bonanza por el descubrimiento de importantes yacimientos petrolíferos que lo convertirían en el próximo gigante del combustible en la región. Para algunos activistas, la atracción de trabajadores e inversionistas extranjeros favorecerá más aún la apertura de mente en la sociedad guyanesa.

Nicholas Peters es uno de los activistas que piensa que será así. Tiene 24 años y es un joven queer.

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Peters en los últimos tres años fue periodista y defensor de los derechos LGBTI+ en Guyana. Actualmente estudia Derechos Humanos en la Universidad de Sussex, en Brighton, al sur del Reino Unido, gracias a una beca Chevening que le otorgó el gobierno británico. La Universidad de Sussex en donde estudia Nicholas es reconocida como un centro de pensamiento político de la izquierda, y cuenta con una amplia diversidad de estudiantes de más de 160 países.

Lo busqué para hablar de su experiencia como un joven queer en Guyana, un país que, en su visión, vive en una constante contradicción entre lo progresista y lo conservador.

Nicholas accedió a hablar conmigo. Nos reunimos una tarde de otoño de este 2018. Nos sentamos sobre el césped. El ambiente natural que nos rodeaba en esta universidad localizada en medio del parque nacional de South Downs, inspiró una tranquilidad similar a la de la voz de Nicholas cuando empezó a contarme su experiencia:

“La experiencia de ser LGBT en Guyana depende mucho de dónde eres. Creo que para mí fue fácil y difícil en diferentes sentidos. Fue fácil porque crecí en las afueras de la capital (Georgetown), y la mayor parte de mi vida me moví en esa región. Allí es un poco más… no necesariamente abierto, pero quizás más tolerado. Ves gente diferente, entonces las personas están un poco más dispuestas a ver gente gay y trans, porque así es como funciona una capital, es más multicultural, con gente de diferentes partes del país […] Pero también fue duro para mí porque las relaciones entre personas del mismo sexo siguen siendo ilegales, aunque rara vez se aplique la penalización. Mucha homofobia persiste en la sociedad. Cuando camino por la calle desconocidos se acercan a preguntarme si soy un chico o una chica. O la gente comenta sobre cómo camino o cómo hablo, cosas así. Eso se queda en tu psique”.

Desde que Belice despenalizó la homosexualidad en 2016, Guyana es el único país de América continental en penalizarla. Sin embargo, lo hace específicamente en el caso de la homosexualidad masculina; no se penalizan las relaciones sexuales entre mujeres. Las penas van de dos años hasta cadena perpetua, y aunque no se aplican, la policía utiliza esto para intimidar a las personas LGBTI+, en particular a parejas de hombres y a las mujeres trans.

Peters vivió esa intimidación. Y esto lo motivó a salir del clóset ante su familia.

“La policía me acosó por besarme con un chico en un parque. Me arrestaron a mí y a mi pareja en ese entonces, y pasamos la noche detenidos. Hubo mucha tensión en cuanto a si presentarían cargos contra nosotros o no, pero logramos irnos sin cargos”, relata Peters. Lo cuenta como un hecho casual, irrelevante. Su voz no refleja la gravedad del hecho de ser encarcelado simplemente por tu orientación sexual.

Antes de este episodio, salir del clóset —consigo mismo y en su entorno más cercano— había sido también un reto. Cuando se lo contó a su mejor amigo y este enseguida también salió de clóset fue un momento de enorme apoyo emocional, que le permitió aceptarse, contarle a otros amigos, primos y sus hermanas.

El primer Orgullo

A pesar del entorno hostil, Peters dice que Guyana tiene una esencia progresista que necesita sólo un pequeño empujón para salir a relucir. Los dos principales partidos políticos del país se consideran de izquierda, sin una fuerte oposición de derecha consolidada. Además, es el único país independiente en América del Sur, junto con Uruguay, que permite el aborto voluntario.

Esta sociedad de realidades contradictorias debe ser también de las pocas donde la homosexualidad es técnicamente ilegal, pero no hay restricciones para llevar a cabo un desfile del orgullo LGBTI+. El sábado 2 de junio de este 2018, Georgetown, la capital guyanesa, tuvo su primera marcha del Orgullo, y la policía acompañó protegiendo el desfile. Desde luego, las organizaciones LGBTI+ del país tuvieron que pagarle para que lo hiciera.

El evento fue organizado en conjunto por las tres organizaciones LGBTI+ más importantes de Guyana: la Sociedad contra la discriminación por orientación sexual e identidad y expresión de género (SASOD, por sus siglas en inglés), Trans United y Guyana Rainbow. La primera es la organización con la cual Nicholas ha colaborado más de cerca.

Tanto para Peters como para Valini Leitch, coordinadora de Derechos Humanos de SASOD, el Orgullo fue un éxito, y para su sorpresa, hubo más reacciones positivas que negativas.

“En los días previos al desfile, más de 100 pastores firmaron una carta que fue publicada en los principales periódicos del país pidiendo que no se permitiera realizar el Orgullo. Hay un pastor extremista llamado Nigel London que atacó públicamente a las organizaciones y fue a la televisión a esparcir odio, pero muchas de las cadenas televisivas a las que se ha acercado más recientemente han rechazado continuar con estos programas”, dijo Leitch a Distintas Latitudes desde Georgetown, vía Skype.

A pesar de ello, Leitch y Peters consideran un gran éxito que participaran más de 300 personas a este primer Orgullo en Guyana. Según Peters, muchos no creían que llegarían ni 70 personas. Y mientras desfilaba por las calles de la ciudad no recuerda haber visto ningún incidente ni insultos por parte de la población.

Después del desfile, Nicholas escribió un artículo para un periódico de circulación nacional en Guyana sobre su experiencia. En este texto salió del clóset públicamente, algo que le provocaba temor. Sin embargo, sólo recibió respuestas positivas y de apoyo por parte de los lectores.

“Creo que este tipo de apoyo existe en mi país, la gente sólo está muy asustada de las consecuencias, porque es un país pequeño y prácticamente todos se conocen. La gente tiene miedo de que su reputación se arruine. Pienso que mientras más actividades como estas se hagan más cambien las cosas”, me cuenta Peters con notorio entusiasmo en su voz.

Un reciente veredicto

El pasado 13 de noviembre, la Corte Caribeña de Justicia, el máximo tribunal de Guyana y otros países de la Comunidad del Caribe, declaró como inconstitucional una ley que prohibía el travestismo (“cross-dressing”, en inglés) en el país.

“Técnicamente, el travestismo no es ilegal en Guyana. Hace algún tiempo, el anterior presidente de la Corte Suprema, Ian Chang, emitió una sentencia en la cual señalaba que el travestismo no era ilegal, siempre y cuando no se usara con ‘fines impropios’. Sin embargo, nunca definió cuáles eran esos fines impropios, y eso es lo que está en estudio en la Corte Caribeña de Justicia”, me explica Leitch.

De forma paralela, asegura que el gobierno guyanés tiene una actitud positiva en derechos LGBTI+, e incluso consulta y trabaja con las organizaciones. No obstante, ninguna autoridad quiere asumir el costo político de posicionarse sobre el tema de manera pública.

Con la promesa de bonanza económica que se avecina, por los descubrimientos petrolíferos, la expectativa de una despenalización inminente de la homosexualidad y un relativamente exitoso primer Orgullo llenan de esperanza y optimismo a activistas como Peters y Leitch.

Un optimismo cauto, a pesar de todo, pues ambos reconocen el contexto negativo que viven sus vecinos latinoamericanos, y en general la oleada conservadora que se ha abierto paso por el mundo en los últimos años.

El auge de Jair Bolsonaro y la ultraderecha en Brasil, así como la influencia del conservadurismo estadounidense en la era de Donald Trump hacen que ambos maticen qué tan rápido o efectivo será el avance que presienten.

Para Nicholas Peters, que se encuentra fuera de casa por al menos un año más, lo vital es el recuerdo de la felicidad que le embargó a ser él mismo públicamente, en las calles y periódicos de Georgetown, sin insultos, sin acoso policial, sin pasar la noche preso. Sólo eso es suficiente para seguir creyendo que el cambio es posible.